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Juego de #AlphaFemale

Juego de #AlphaFemale

Monzantg

Recordaba a Ygritte, en lo que de odiable, por burlesco, me resulta su personaje, cuando caí en cuenta o al menos me gustó la idea de que GOT se centró –hasta la quinta temporada– en el personaje femenino.
De inmediato recordé a Cersei Lannister y a Daenerys Targaryen, las dos alpha female más activas y temibles. Y le siguieron las tres damas de la familia Stark: Catelyn Tully, Sansa y Arya Stark; así como Margaery Tyrell y su abuela, Olenna Redwyne, la tía Lysa Arryn y, por supuesto, Ygritte, la hacedora de bullyng.
mujer-cersei-lannister-cersei-lannister-37474921-334-500Se suman lady Brienne y Yara, Gilly y Talisa Maegyr, Melisandre, y solo después de ella, Shireen Stanis y Selyse Florent; Osha, Missandei, Meera Reed y una cantidad importante de cortesanas, de Shae y Ros, a una joven poco agraciada y con cara de eterna inocencia.
Y caí en cuenta de que no solo el personaje femenino es más complejo e interesante sino que, como al parecer no podía ser de otra manera, las actrices quizá sean más talentosas que la gran mayoría de los actores.
De modo que lo más obvio es que, a espaldas de lo escrito en los libros de historia –casi siempre obra de varones que, consciente e inconscientemente, se han guardado en el tintero el papel real de la mujer en la historia–, en GOT el personaje femenino no es la triste, chata, pasiva y eterna bobalicona, sino que es, para hacer fuerza repitiendo la idea, la Alpha Female.
Con esto en la imaginación, dispuse todo para un súper maratón de fin de semana, y en unas veintiocho horas vi, de seguido, la cuarta y la quinta temporadas, e iba encaprichándome con unos patrones y unos códigos, con sus símbolos, mitos y ritos, y entre un capítulo y otro, o a la suma de varios, hacía pausa y anotaba en la libreta.
Apuntalé la idea de la alpha female como eje temático y me di cuenta del papel –también central– del bastardo. Y comenzaron a aparecer el resto de las obviedades. Por ejemplo, la más visible quizá sea que la paz de los Siete Reinos se ve alterada después de que el usurpador en el trono es heredado, justamente, por un «bastardo». No suele haber juegos de guerra sin usurpadores en el trono y el fundamentalismo medieval y feudal parce haber encarnado una aversión casi mayor al bastardo que a la peste negra.
En cuanto a gustos se refiere, uno de los ingredientes que más me seduce de GOT es la mezcla de mitologías que, según tengo la sensación, es una de esas claves también recicladas en libros y películas emblemáticas como El señor de Los Anillos y Harry Potter.
La presencia de mamuts, lobos agigantados, muertos vivientes, cuervos mensajeros y un espectral cuervo de tres ojos, además de los búhos y los dragones en una sola obra, a veces en un mismo capítulo, y esa pugnacidad de fondo entre los dioses viejos y los nuevos; entre ellos y el único dios verdadero, ya sea en su versión positiva, posiblemente el dios de los cristianos, o en aquel otro dios hecho de fuego, de maldad y de sombras.
También es digna de mención otra recurrencia, y es que el dinamismo de GOT se debe a la entrada y salida, a veces caótica, de los mejores y los peores personajes. Esto me recuerda que, durante un buen trayecto, no hay peor personaje femenino que la cándida y soñante Sansa.
El muro de hielo como límite entre la civilización y la barbarie, como frontera entre usurpados y usurpadores; y sus guardianes, purgantes hombres siempre vestidos de negro quizá para simbolizar, de manera tan prejuiciosa como obvia, que «el Castillo Negro» es el reservorio de lo peor de la sociedad: criminales, incapaces, perdedores, rechazados, renegados y, por supuesto, tanto hijos bastardos como legítimos herederos al trono, guardados en el borde a cambio de conservar su vida.
Otra reducción, quizá la más abusiva, quién sabe si la más acertada, es que de lo que GOT trata en realidad, al mejor estilo de una historia de provincia, es de la historia no ya de dos ciudades, sino de la rivalidad entre dos familias: los Stark, buenos, esquinados al norte de todo y victimizados por los Lannister, en el poder central, quienes han hecho todo lo divino y lo profano para alcanzar el poder y conservarlo, y para recuperarlo apenas sea necesario.
Pienso en los Lannister y se me ocurre que lo importante no es en realidad ni la sangre ni el amor del padre al hijo, sino el nombre de familia sobre el cual recae el prestigio, el poder y la herencia: el apellido. Ese producto cultural tan importante como el derecho romano.
Otra idea un tanto temeraria es que, hasta el momento, GOT se me asemeja a un ajuste de cuentas con la historia. Mujeres, bastardos, enanos y desquiciados en el centro del poder no es lo que te enseña eso que conocemos como historia ni, menos aún, lo que predica esa mala palabra, esa desventura de la civilización que es la «historia oficial».
El exceso de realismo presente en el desnudo femenino, planteado desde una rústica, poco higiénica y neblinosa escenografía, forma parte de una estética medieval con la que pocas veces se sueña. Estética que también se hace presente en las vísceras salientes, los brazos rotos, las cabezas rodantes y la sangre a borbollones. Lo más criticado y lo más representativo de GOT.
La tradición, la magia, el totemismo y todas las supersticiones alimentan eso que unos, con tanto acierto, llaman mitologías, y otros ‒con candidez‒ religiones. Mitologías militantes con sus cultores activos y dolientes, con feligreses moderados e infaltables fanáticos de todo color. Mitologías que se mantienen al fondo hasta que adquieren el papel central en la historia.
Un árbol vivo en medio de la nevada eterna, un médico sin licencia jugando al Dr. Frankestein y los esqueletos de Jason y los Argonautas saltando de una escena a la otra. El conflicto permanente entre padre e hijo. Esa contradicción tan viva entre ricos y pobres presentada tan como cosa de un pasado lejano y superado. Y todos los clichés, todos los guiños, las referencias y los homenajes a lo mejor del cine y la literatura. En paréntesis: es mucho lo que GOT parece deberle a ese inventor de lo humano y lo fantasmal que es William Shakespeare.
Abundan historias paralelas, secundarias, casi de relleno para dejar respirar a los personajes centrales hasta que, en algún momento, se cruzan entre ellas y con la gran trama.
En GOT no podía faltar el gran ingrediente: Toda historia es siempre una historia de amor. Aunque también lo es de guerra, de sangre, de sexo, de muerte, de crisis, de caos y de destrucción. Y, no faltaba más, la ventana abierta al menos escéptico, a quien necesita la buena noticia: también es una historia de renovación. Es la historia de imperios levantados y caídos desde la banalidad de la corte. Ese funcionario, ese burócrata detrás del poder civil visible que, a su vez, siempre tiene detrás, por encima o como alfombra, al poder militar, a la guerra como dadora de ese eterno retorno que encierran el orden y el caos.
El caudillo de los Lannister es el verdadero señor feudal que sostiene al rey en la capital, pero el verdadero poder detrás del caudillo es el Banco de Hierro, tan invisible como históricamente lo ha sido el verdadero hombre de poder. Si vamos de lo más público a lo menos evidente, hablamos de los reyes y de los caudillos militares, primero; y, después, de unos guardados banqueros que un día financian las ganancias comerciales y financieras de la guerra y otro sostienen el orden, la productividad y la paz.
Otra recurrencia en GOT es esa escuela vital que es el viaje. Una niña aprende a sobrevivir y a matar; una doncella tropieza con las paredes de lo real y aprende, por fin, a ser fuerte. Y ambas, en su viaje particular y por separado, se preparan para la venganza y la posible preservación ‒o no‒ del apellido.
La amenaza de un invierno como nunca se ha visto. La amenaza de la violación de la frontera de hielo por los salvajes. La amenaza de la guerra abierta entre los reinos. Todo pesa sobre la civilización al tiempo que la dinamizan y la encausan.
Miedo, muerte y anhelo de libertad política y de culto. Rabia, dolor individual y en familia. Incesto, fidelidades, traiciones. Personajes en toda su contradicción y en pleno proceso de construcción y destrucción. Vidas públicas y privadas en las que negarse duele, mirar adentro duele y, al parecer, recomponerse duele más aún.
En el centro, el personaje femenino: la Alpha Female.

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