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Crónica

Situación país

Waleska Bustos
Maracaibo, 2016

Me dispongo a salir y llamo a la línea de taxi. Doy incómodamente la dirección hacia dónde voy. Digo incómoda porque antes nadie preguntaba eso, recibías tu taxi y ya. La señora que me atiende me pasa al taxista porque es una línea lejana. Las otras tres, las cercanas, no están disponibles. Le explico al taxista la dirección y me responde de forma tímida o, al menos con ese tono bajo entre dientes, “son 1.200, ¿sabías?”, “sí señor”.

Cuando hay apuros no es mucho lo que uno puede hacer.

Llega en el tiempo justo. Todo va saliendo bien. No olvidé el celular ni el dinero, dejé todo programado, tengo batería full. La vida es maravillosa.

Comienzan las calles y sus cables, sus miles de cables entrecruzados y me pregunto si habrá alguien que piense lo mismo y si existen otros, algún grupo de activistas, qué se yo, que pueda hacerlos ver de alguna forma más “agradables a la vista”. No creo, hasta ahora, que haya arte que lo permita.

Pienso en esos artistas que encuentro en internet con capacidades hermosas de proponer algo distinto, de transformar espacios, de intervenirlos. Luego, creo que siendo más realista, pienso en un concurso en el que estudiantes, arquitectos, diseñadores o profesionales afines, propongan y den solucione a ese montón de líneas que afean todo y que posiblemente en el futuro sean un gran problema.

Pais_portatil_Venezuela_Waleska_BustosVuelvo a la realidad mientras avanzo a mi destino y sé que nadie hará nada por los cables.

Cambio el pensamiento por la sensación del frío del aire acondicionado que, cómodamente, me lleva y recuerdo todas esas veces que fui a reuniones laborales y llegué oliendo a buses porque el aire acondicionado del taxi estaba malo. Afortunadamente ya tengo el valor y la paciencia para saber cuándo es el momento adecuado de decirle, “Señor, ¿puede bajarle a la música por favor?”. Es que el viaje se hace otro con esa música que alborota ideas o esos muchos locutores que conversan como si estuvieran contando el chiste del día al mejor amigo por whatsapp. Cualquier cosa que nadie quiere escuchar.

Llego a mi destino luego de haber pensado en los cables, las colas, las caras arrugadas de las colas que vienen acompañadas de muchos humores y estados de ánimos que cambian según el primer vehículo disponible que llegue y que solo piensan en la cena, en la cama y seguro en el jefe que odian. Me devuelvo a la ironía de agradecer que el taxi tenga aire acondicionado sin olor a buses.

Me olvido de esa parte por ahora y busco el piso 4. Antes, me encuentro con el directorio de médicos y busco los nombres de cada opción posible a ver qué tengo que curar. Comienzo a hacer un chequeo, casi una lista que voy tachando de cosas por hacer: odontólogo, ginecólogo, ¿terapeuta del dolor? No, suena interesante pero no, miro los nombres de todos los dermatólogos, decido tomar una foto porque conozco muy bien mi memoria y mi indecisión.

Estoy frente al ascensor pensando si el labial nuevo seguirá en su lugar, así que espero tenga un espejo para verificar. Se abren las puertas y me encuentro con una ascensorista. Con el espacio disponible en este minilugar me fui a la esquina diagonal a ella, donde en los próximos segundos que compartiríamos me permitieran pensarla.

Estaba un poco asombrada por su situación. Estoy acostumbrada a las caras arrugadas de las colas, esas que van y vienen del trabajo todos los días y todos los días hacen lo mismo, en esos lugares ajenos que son sus trabajos, y aunque me cueste la idea de aceptar que la mitad del mundo vive conforme (no creo que puedan decir felices) de esa manera, estoy acostumbrada porque es lo común, lo normal, lo usual, hay que ganarse el sueldo, hay que sobrevivir. Lo sé.

Antes de continuar debo explicar que mi habitación es mi lugar repetido de todos los días porque trabajo desde la casa, desde mi habitación, y tiene también sus muchas cosas negativas, pero al menos hasta hoy no cambiaría mi rutina, y de las cosas negativas de mi rutina laboral podemos conversar después.

Continuando, el trabajo de la señora ascensorista me pareció muy particular. Me dije que el trabajador común vive, desvive y sobrevive en una oficina, también en un edificio, pero va y viene, interactúa, teclea, conversa mucho, ordena cajas, saca cuentas, vende cosas, riega árboles, pero a ella la imaginé ahí todos los días, subiendo y bajando sin más que hacer.

Si sigo sin entender la vida del taxista en sus caminos repetidos, imaginen a alguien que sube y baja en un mismo lugar tan pequeño como un ascensor. Creo que mi angustia por estas personas viene de esa manía de relacionar qué tan feliz se puede ser haciendo eso, qué tanto puede ganar para luego invertir en cosas que le hagan feliz, cuánto tiempo libre le quedará (para vivir y hacer lo que la hace feliz).

Como no intento solucionar el mundo ni la cadena de trabajos para que todos seamos felices, me pongo a pensar en la parte positiva y la imaginé pensando en cada uno de nosotros. Un amigo que sabe de mi necedad por pensar la relación entre la vida, el trabajo y la felicidad de los otros, me dice que la señora debe tener un perfil del paciente de la clínica con solo mirarlos. Como sería casi un don que desarrolla en su abrir y cerrar las mismas puertas, casi me obligo a pensar que eso también puede ser divertido para ella, una distracción, algo que le permite respirar más allá de ese encierro de paredes grises. Así que dejo ir a la señora de mis pensamientos (o al menos hasta que escribiera su historia).

Llego a la mini sala de espera, pregunto por la doctora, una chica que no deja de mirar su celular me hace una señal con el dedo, doy las gracias y toco la puerta entreabierta. La secretaria me hace un gesto con la mirada mientras habla por celular y entiendo que debo esperar.

Casi quince minutos después, entiendo, está contando un problema personal sobre alguien que le debe algún dinero y me quejo en silencio por la mala atención. Me quedo tranquila porque después de todo es normal ¿cierto?

Mientras sigue la llamada, en su pantalla tenía puesto el programa común de las 4 de la tarde, y pienso, una vez más, en la relación vida-trabajo-felicidad. Me digo: no es posible ser feliz así.

La imaginé de lunes a viernes encerrada en esas 4 paredes deseando que llegue el fin de semana para ver el domingo en la tarde el mismo canal y la película repetida que estuvieron promocionando toda la semana. La secretaria terminó su llamada porque escuchó la llegada de la doctora, mientras saludaba a los pacientes, y me invita, ahora sí y con una sonrisa falsa, a anotar mis datos. Claro que la detesté en ese momento. Entre monosílabas y órdenes, más que instrucciones, termino el proceso con ella y felizmente las únicas palabras que, por necesidad, debíamos tener.

En la sala de espera está la chica del celular con otra amiga. Una de ellas le dice a su tía por teléfono que vaya segura, que su amigo la va a dejar pasar, que en serio llegó de todo y que no se preocupe por los guajiros que Alberto los tiene controlados. No quería llenarme de esas ideas en ese momento, así que abrí el celular para ignorarlas. Pero no pude. Escuché todo el cuento de cómo los guajiros la odian porque ella es su competencia y de cómo los jueves se lleva a toda su familia y ella se pone el uniforme del lugar donde claramente no es trabajadora para pasar sin problemas y llevarse todo lo que necesiten. Mundo increíble.

Un señor que parece muy ajetreado con los negocios de su celular me pregunta si ese es el piso 4 y le digo que sí. Me pregunta si es la doctora de tal, le digo que sí. Que si todavía está viendo y respondo sí. Si me preguntaba su nombre seguro repetía mi respuesta. Apago el celular para cuidar la carga de la batería y escucho la conversación del señor. El tema situación país vuelve a mi historia cuando dice “transfiere 500 dólares a 850… Dale. Avísame cuánto es”. Hace algunas cosas con su celular. Luego entendí que era una transferencia bancaria. Minutos después se tira de forma dramática en el mueble, realmente lamentando lo que acababa de hacer y diciendo, también entre dientes, como para no ser escuchado y con mucho sentimiento, “mal-dita-se-a”. Llamó a un amigo para explicarle que se había equivocado. Transfirió todo a su cuenta y que su día ya había cambiado a peor.

Para hacer la historia de la consulta más corta, en la que menos de 20 minutos se traducen en 6.000 Bs., le pregunto a la doctora por segundas y terceras opciones de las ocho medicinas por si no encuentro la primera. Me dice que busque mucho y si no, que entre a mercadolibre o que pida que alguien me lo traiga de la frontera, porque “Magínate, ¡cómo están las cosas!”

Termino el día de regreso con el taxista y pienso que será mi último personaje de hoy. Al igual que el señor que me llevó a la clínica, cuando le pregunto cuánto es la carrera me dice 1.300. Le digo Ok mientras busco el dinero. Luego de un silencio me dice ¿sabes por qué es 1.300, verdad? No señor, le respondo. Porque entre las 5 y 6:35 son 100bs más. Sí señor, le digo.

Al regresar a la casa voy directo a la farmacia, un chico se metió en mi puesto y la señora que me atendió me dice con esa actitud de “ya estoy acostumbrada” que no hay nada de lo que necesito. Le doy las gracias con mi cara de “nada me asombra, todo es una tragedia”.

Tuve que hacer un copia y pega de la lista de las cosas que necesito y pasársela a amigos y compañeros por whatsapp que, sé, me pueden ayudar. Regreso a mi habitación, a mi lugar repetido que me permite pensar en paz y pienso todos los personajes de la tarde.

Me senté en la laptop esperando que no se vaya la luz mientras pienso que, con esta situación país, ir a una consulta médica o hacer casi cualquier cosa fuera de tu habitación es como querer ir contra el sentido común, contra la vida, contra el tiempo.

Acerca de paisportatil

Editor: Monzantg // Comuníquese con nosotros: revistapaisportatil@gmail.com

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