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Antropología, Ensayo

Hiroshima: el periodismo sojuzgado

Miguel Ángel Campos

@mcampostorres

pais-portatil-silvia-lidia-gonzalezEse día la ciudad se transformó para siempre. Tras el lanzamiento de la bomba atómica, en unos segundos se borraron las calles, se fundieron los edificios, desaparecieron los pobladores y se esfumó para siempre también algo de la inocencia del género humano. 

Silvia Lidia González

En 2004 se publica en Mérida, Venezuela, un libro sobre el bombardeo atómico de Japón que inaugura un modelo de investigación de los medios, cuando estos se hacen sujeto en una gestión de desplazamiento de la noticia.

La investigación de Silvia Lidia González es un alarde de totalización que nos obliga a renombrar la palabra enciclopedismo: en su sentido de vinculación con los argumentos de la comunicación, en su ecumenismo. Pero no como ajuste de información y datos, sino como recuperación de la unidad, hacer de lo disperso enajenado un discurso de entendimiento donde los actores hablan desde la elocuencia de lo cumplido.

La ilación de los hechos, su rastreo a lo largo de sesenta años, la incorporación de elementos inéditos y la resignificación de lo canonizado, hacen de Hiroshima: la noticia que nunca fue (El Colegio de México, Editorial Venezolana, 649 págs.) la más importante novedad de los últimos años en la comprensión e interpretación del ataque atómico que inaugura una era desde el genocidio.

Podría decirse que el alcance teleológico de los informantes y documentos hacen del libro casi una investigación de fuentes primarias, en abierto contraste con la exposición de la noticia: suceso mediado, y objeto de un acuerdo extraño a intereses de lectores y ciudadanos. Iniciada en México, lugar de origen de Lidia, la escritura del libro continúa en Venezuela y en el mismo Japón, a donde la llevan las actividades académicas en universidades de ese país, su dominio de la lengua japonesa no resulta un insumo desdeñable en el éxito del acopio y relacionamiento de los argumentos.

Si el punto de partida es una investigación periodística, lo real es que la orientación intelectual ciñe el análisis y lo hace característico de las ciencias sociales en tiempos de eclecticismo como naturalidad de los saberes. La diversidad de información y testimonios, los anexos consignados al final de cada capítulo, la visión sinóptica, el emplazamiento del suceso en la cultura, lo convierten en un documento rotundo, en una interpretación fundada en lo que llamaríamos una indagación altamente ilustrada.

El mayor hecho noticioso del siglo XX no se divulgó como tal por razones de censura y las negaciones del propio periodismo. Este sería el punto de partida para la sincronización de fuentes y testimonios, posiciones públicas y convencimiento de las masas, que concluye en la iluminación documental de un suceso planetario muy mal conocido.

El libro no puede ser leído sin la apelación a la variedad y simultaneidad de fuentes de un mundo cuya complejidad se hace evidente en su dependencia. Sociología, periodismo, antropología, arte, ciencia son, en una crónica como esta, los insumos normales de una contemporaneidad para la que el pensamiento es superación de los especialismos.

La autora va hasta una revaluación de la teoría de los medios y eso le permite proponer su investigación como un ejercicio explicativo de lo que sería una ideología de la información —“La visión posmoderna de los procesos comunicativos nos conduce a reconocer que las noticias no son fenómenos ni acontecimientos, sino representaciones de la realidad e interpretaciones”.

De los tres principales diarios japoneses, sólo uno reseñó el suceso al día siguiente, pero le ha valido más no hacerlo. Silvia indica hasta cuatro imprecisiones en la nota de un párrafo y cuatro líneas, o columnas, pues se trata de ideogramas verticales. Ni la naturaleza de la bomba, ni el número de aviones, ni la hora, y mucho menos la cuantía de los daños correspondían a la realidad.

La mayor censura de los tiempos modernos debía ocurrir en una sociedad donde los medios ya eran un fenómeno masivo y los diarios sumaban un tiraje de 19 millones de ejemplares antes de la guerra, y uno solo (Asahi), más de un millón en la segunda década del siglo XX.

Eran las masas en su orden demográfico, pero inerciales. No había aparecido aún su protagonismo cultural, de raíz consumista. Tras el rendimiento y ocupación de Japón (14 de agosto), se estableció un rígido protocolo de información destinado a minimizar y omitir todo lo relacionado con el bombardeo. Pero sólo el diario Asahi reseñó la noticia al, de manera casi incidental. No es sino el día 19 cuando el mismo diario despliega, por primera vez para los lectores, una fotografía de 19 x 12 cms de la ciudad devastada. El día 25 aparecen los rostros: cuerpos disueltos y observadores sonámbulos. La autocensura se iniciaba como negación de la catástrofe por parte del Estado imperial y en medio de una sociedad tradicional impávida.

 En la sociedad norteamericana la opinión pública estaba preparada para aceptar la acción como necesaria, pero ellos mismos experimentaron la censura durante el proceso previo de desarrollo de la bomba y su autorización como arma de guerra. Tras el holocausto, el verdadero alcance del suceso no fue sentido ni entendido por los norteamericanos: se diluyó en lo que ya era la sociedad del espectáculo. Cundió la moda, desde una bebida y empaques culinarios hasta llaveros de «Little boy», tal era el nombre con el que la tripulación del Enola Gay bautizó la bomba de plutonio —“Apenas unas horas después de la explosión, el Club de Prensa de Washington ofrecía en su bar coctail atómico, una mezcla color verde con ginebra”.

Aunque entre los lectores serios y la vida académica lo relevante fue el prestigio con que se revestía la ciencia en una fase avanzada del modelo industrial, Paul Tibbets tuvo la libertad de elegir a sus copilotos como una elección personal, y tal vez como un anticipo de la Guerra de las Galaxias, destinos y decisiones domésticas en medio de la salvación del mundo. Este hombre será homenajeado por la revista Soldado de fortuna, aunque pudo llegar a sentir temor por su descendencia el artillero genocida —según dijo.

Pero el Enola Gay no estaba solo, no es la avanzada solitaria de una columna en el frente. Otros dos aviones B-29 lo siguen de cerca, uno lleva espectadores, el grupo de científicos que observarán el experimento; el otro, transporta todo el equipo de medición y monitoreo de la explosión. Es la última acción de la II Guerra, y en ella están todos los actores de la sociedad planetaria y en un consenso que no admite dudas: el espectáculo ya es reproducible en una escala de pleno control.

Censura, manipulación, propaganda, acuerdo entre vencedores y vencidos. La censura rescribe la historia desde el Código de prensa de MacArthur hasta la minimización de la tragedia por parte de la institucionalidad japonesa. Todo resultaba como los preparativos de la Guerra fría, esa que duraría 40 años.

Para el mundo prevaleció la significación del logro científico y tecnológico, se cantó la hazaña prometeica, se omitió el horror. Años después, aparecerán algunos libros testimoniales y las cinco fotografías que el único fotógrafo hizo en los minutos siguientes al bombardeo. El suceso nació banalizado desde la perspectiva de la sociedad de consumo y el mundo feliz del american way of life (publicidad, chistes, modas).

Se trataba sólo de una nueva era de la prosperidad mundial, según un Occidente al menos tecnócrata. Las consecuencias todavía pesan, ominosas, en un mundo que libera demonios alegremente.

Como suceso político, la noticia fue encarada por todos los medios desde fuentes de segunda mano, nunca primarias. En Japón, la información era tomada de medios norteamericanos. En Estados Unidos, la fuente era el propio gobierno. Atrás quedaba un paradigma y modelo épico del periodismo de guerra: la Revolución bolchevique y John Reed, sus Diez días que estremecieron al mundo.

La decisión del siglo se tomó en forma unilateral en el país de la democracia por excelencia, me pregunto si no alentaba en esto la idea de un gobierno mundial legitimado por el prestigio de la fuerza y el fetichismo de la ciencia, prefiguraciones de una sociedad totalitaria y unificada desde su culto del consumo y la indiferencia política. Se ejecutó una tarea oblicua de la prensa: los medios formulan la noticia y condicionan al público para su percepción, el periodismo está así más cerca de las ciencias de la conducta —y al servicio de un programa— que de la comunicación.

En relación con la comunidad norteamericana, significó la negación de la sociedad del acuerdo y la libertad de información, pues más allá de restricciones propias de la guerra, los ciudadanos no fueron consultados, a juicio de sus dirigentes fue protegida, de alguna manera así ocurrirá después con el Informe Warren y el asesinato de Kennedy, como en una versión calvinista del “gendarme necesario”. Claro conflicto entre la vida privada y la seguridad nacional, en todo caso el periodismo queda cuestionado, sale teñido de subordinación y culto a los intereses de la sociedad de consumo, ya no será más el cuarto poder.

mcampostorres@gmail.com

miguel-angel-camposMiguel Ángel Campos nació en Motatán, Venezuela, en 1955. Egresado en Sociología y profesor de la Universidad del Zulia, es ensayista. Ha publicado: Desagravio del mal (2015, segunda edición), La fe de los traidores (2010, segunda edición), Incredulidad (2009), Desagravio del mal (2005), La ciudad velada (2001), Andrés Mariño Palacio y el grupo Contrapunto (1994), Las novedades del petróleo (1994), La imaginación atrofiada (1992), Tonos (1987). Premio Bienal de Literatura Mariano Picón Salas (1994), y Premio Fundarte de Ensayo Literario (1994). A su producción intelectual se une el trabajo editorial, fungiendo actualmente como Asesor del Fondo Editorial de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA).

 

Acerca de paisportatil

Editor: Monzantg // Comuníquese con nosotros: revistapaisportatil@gmail.com

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