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Literatura

Crónica del petróleo

Ángel Rafael Lombardi Boscán
Junio, 2012

I

Existe una parte del alma criolla sobrevalorada que nos ha hecho pensar que un modesto país como Venezuela, de apenas 30 millones de habitantes y con casi un millón de kilómetros cuadrados de territorio, puede aspirar a la grandeza de una Potencia. Sobre un recuerdo deformado nos repetimos una y otra vez que la Patria de Bolívar liberó cinco naciones y acabó con el formidable Imperio Hispano hace doscientos años atrás. Esto último hay que matizarlo, como prácticamente todas las cosas. Ni Bolívar anduvo sólo y esa supuesta grandeza se evaporó ya en el aciago año de 1830 con la muerte del caraqueño y el fin de la Gran Colombia.

Desde entonces, y ante un presente infeliz, hemos apelado al discurso compensatorio que nos disculpa de todas las improvisaciones acumuladas, hasta posar nuestro acendrado orgullo en un pasado glorioso siempre redivivo y exculpatorio de todas las calamidades esas que descarnadamente nos desnudan como un pequeño país cuyo atraso es proverbial.

El siglo XIX fue la confirmación de una continuidad de logros imposibles, de la persistencia del fracaso de la mano de una violencia primitiva. Nuestro mundo rural terminó siendo una economía de puerto al servicio de las Casas Extranjeras, que a sabiendas de nuestra fragilidad, supieron beneficiarse.

Esta historia da un sorpresivo viraje cuando en Mene Grande, en la Costa Oriental del Lago, en el lugar que se conoce como Cerro La Estrella, se activó el Zumaque I en el año 1914, dando inicio formal a la producción petrolera en Venezuela. Con el Barroso II en 1922 se confirma todo el potencial petrolero del país teniendo como asiento de esa producción al Estado Zulia alrededor de la cuenca del Lago de Maracaibo. El crudo que se obtiene es uno de los mejores del mundo: liviano y a poca profundidad.

De repente, dirigencia y pueblo, apelaron a una especie de “Destino Manifiesto” criollo bajo inspiración de Bolívar, Dios laico tutelar de todos los venezolanos, para una vez más desarrollar la arrogante idea de que Venezuela podría ser la Potencia de una América Latina condenada a los infiernos.

Juan Vicente Gómez (1857-1935), fue el primero en comprender que a través del oro negro, el Estado mimetizado con el Gobierno, tendría las posibilidades de controlar el poder político de una forma ilimitada y sin los modernos contrapesos institucionales. El Petróleo empezó siendo una especie de riqueza inagotable, aún siendo las compañías extranjeras, quienes se aprovecharon de su explotación y comercialización, en ésta primera etapa.

Venezuela de país pobre, violento, rural y desarticulado empezó a transitar el camino del urbanismo, la prosperidad, la paz y una industrialización fuera de todos los pronósticos.

II

En la década del 20 del siglo XX pasado, la exportación petrolera sobrepasó a la de los rubros agrícolas y pecuarios, y desde entonces esto aún se mantiene, con el agravante, de que la riqueza petrolera es tan generosa que desestimuló a la misma inversión y producción nacional.

El Petróleo, junto al Estado y los Partidos Políticos se asumieron en el sostén del proyecto modernizador que nos llevaría de la Dictadura a la Democracia. Lo primero que tuvieron que hacer los gobiernos post gomecistas, todo ello bajo un anhelo nacionalista intermitente, fue sacudirse progresivamente a las transnacionales petroleras encabezadas por Estados Unidos, Inglaterra y Holanda. Los agentes del “imperialismo” estuvieron por lo demás muy complacidos ante el colaboracionismo entusiasta de unas elites criollas que de explotación petrolera lo único que sabían era cobrar puntualmente el respectivo alquiler en forma de “regalías”. Muy pocos, como Betancourt o Juan Pablo Pérez Alfonzo, incluso, la gente del Partido Comunista, alertaban acerca de éste ignominioso saqueo, que llevó, dicen las malas lenguas, a que sean los abogados de éstas transnacionales, quienes se encargaban de elaborar las respectivas Leyes de Hidrocarburos venezolanas.

Luego del 18 de Octubre de 1945 hasta la elección de Rómulo Gallegos en 1948, el país le exigió a los extranjeros el famoso fifty fifty que estos a regañadientes tuvieron que aceptar. Este forcejeo vuelve atemperarse con el arribo de la Dictadura de Pérez Jiménez entre los años 1948-1958, lo que permitió a éste militar, la inversión de buena parte de los recursos petroleros en el desarrollo de una infraestructura de inspiración faraónica cuyos vestigios aún pueden rastrearse en el abandonado Hotel Humboldt y el Helicoide, tristemente célebre hoy en día, por ser la sede Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN).

Con el arribo de la Democracia bipartidista el 23 de Enero de 1958, se mete en cintura a los mismos militares díscolos y a los brotes de una guerrilla soñadora que con el uso de la violencia se deslegitima así misma. A través de la iniciativa de un lúcido Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979) se funda a la OPEP en 1960, creando las condiciones para la definitiva Nacionalización del Petróleo (1976) durante el primer Gobierno de Carlos Andrés Pérez. La Gran Venezuela, de la mano del Petróleo, creó un mundo de ilusiones posibles.

En la década de los 70 la gente cambiaba sus carros Ford tipo LTD todos los años, como si se tratara de una camisa. La emigración colombiana, huyendo de la guerra y la miseria, vino acampar en los bordes de ciudades como Maracaibo y Caracas. Una vez más nos sentimos grandes y prepotentes ante el “vecino pobre”, creyéndonos el cuento de que la riqueza encontrada era un premio por nuestra condición especial de venezolanos.

III

Bastaría con recuperar y leer los encendidos discursos de CAP en su primer gobierno para darnos cuenta de que los mismos pudieron haber sido redactados por el mismo Fidel Castro. La onda pro nacionalista, no exenta de chauvinismo, impregnó el comportamiento de muchos de nuestros dirigentes. Estos hacían ostentación de una riqueza inconmensurable llevándola hasta extremos esquizoides como la de regalarle un barco a una nación como Bolivia, la cual no tiene salida al mar. O la de gastar en maquinas barre nieves para atender la modesta estación de Pico Espejo en el Teleférico de Mérida.

Entre las décadas del 50, 60 y 70 del siglo XX pasado, Venezuela era un país rico, con una geografía portentosa y una demografía escaza como favorable. La inversión en educación fue significativa erradicando casi por completo el analfabetismo y creando un sistema de universidades de alta cualificación; la red de carreteras se amplió y mejoraron; todo un parque industrial bajo el impulso de la “Sustitución de Importaciones” se impuso. El país era un oasis de paz y prosperidad en contraste con los vecinos. Nuestro signo monetario, el bolívar, competía dignamente con el dólar y otras monedas fuertes. La aparición de una clase media urbana y profesional de acuerdo a los nuevos códigos de una modernidad promisoria, apuntalaban los mejores presagios.

Y de repente, en la década de los 80 todo esto se rompió. La “ilusión de armonía” vino a poner en el tapete todos nuestros defectos. Para empezar el de un “Estado rico junto a un Pueblo pobre”. Y que nos indigestamos con tantas facilidades y recursos que terminamos derrochándolos irresponsablemente. La corrupción a todos los niveles, junto a un sistema de Justicia venal, contribuyó de manera decisiva en todo esto. De repente descubrimos que la renta petrolera era el signo de una economía improductiva y estatista que lo ahogaba todo. Que al país no le bastaba lo que ingresaba por la venta del Petróleo porque nos lo consumíamos y aún faltaba más. Que había que endeudarse con países y fondos monetarios externos para sostener precariamente el funcionamiento del Estado y la vigencia de un proyecto democrático cada día más impopular por la erosión de su rendimiento político, económico y social.

“Lo mejor que nos ha pasado, y lo peor que nos ha pasado” (A. Lombardi, dixit) tiene que ver directamente con el Petróleo.

IV

Hoy, en el 2012, el actual proyecto hegemónico, sigue utilizando la riqueza petrolera haciendo mimetizar las funciones y metas del Estado con la aspiración continuista de quienes detentan el Poder. Algo que por cierto, es una práctica bastante común a lo largo de nuestra historia petrolera. Y quizás sea esto, la principal deformación o error que nos ha llevado a las continuas y reiteradas refundaciones nacionales.

Mientras que otras naciones invierten y reproducen la riqueza petrolera, y hasta la ahorran, para garantizarle a las generaciones venideras un “seguro de bienestar” tal como hacen los noruegos al día de hoy, a nosotros nos ha dado por gastarlo y dilapidarlo irresponsablemente.

Al buen Uslar Pietri y su propuesta de “Sembrar el Petróleo” nadie le paró. Mientras que al Padre de la OPEP: Juan Pablo Pérez Alfonzo, un excéntrico, por aquello de proponer un consumo medido y austero de las riquezas del subsuelo para evitar su agotamiento, lo tildaron de loco.

Hoy, la explotación petrolera en el país se ha diversificado. Los yacimientos encontrados en el Oriente del país han desplazado a los del Zulia. Y alrededor de la Faja del Orinoco se encuentra una de las mayores reservas del mundo de crudo pesado y extra pesado.

Venezuela sigue siendo un gran “campamento minero” y sus habitantes seguirán marcados en sus destinos futuros por éste suceso. Lo que no terminamos de aprender es que ésta oportunidad que la naturaleza le ha brindado al país no será permanente. El petróleo se agota, y si no, tarde o temprano, será sustituido por otras energías alternativas más baratas y limpias.

La cultura del petróleo ha producido un tipo de venezolano que sociológicamente es bastante inconsistente en lo que se refiere a laboriosidad, ahorro y disciplina social. El Estado populista y dadivoso se ha encargado de repartir la renta petrolera en forma de limosnas públicas para atender a una legión de menesterosos a cambio de apoyo partidista y no como política social de Estado sobre fundamentos institucionales.

En conclusión podemos señalar que el petróleo permitió avanzar a la sociedad venezolana en los últimos 50 años, aunque también ha producido graves distorsiones a lo largo de ese proceso. Yo quisiera pensar que el petróleo ha sido una oportunidad que hemos desaprovechado, y que haciendo la mea culpa respectiva, pudiéramos asumir una “cultura del petróleo” sobre fundamentos responsables y óptimos.

Ángel Rafael Lombardi Boscán

Acerca de paisportatil

Editor: Monzantg // Comuníquese con nosotros: revistapaisportatil@gmail.com

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