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Literatura

Violencia contra las mujeres: perspectivas filosóficas

Gloria Comesaña Santalices
Febrero, 2012

Introducción
Reiteramos que la violencia contra las mujeres es una de las formas de violencia que afecta y ha afectado a lo largo de la historia al grupo humano más amplio, entre todos los que sufren violencia a partir de sus características naturales o culturales. La diferencia entre los sexos-géneros sirve de base a esta violencia, que much@s aún consideran natural e inevitable, pero que en realidad, si lo vemos en toda su radicalidad, llega a configurar una de las formas más antiguas de genocidio: el feminicidio, del que apenas se empieza a hablar. El feminicidio representa un nivel superior en el maltrato de mujeres. Para la antropóloga Marcela Lagarde,

“El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales conformadas por el ambiente ideológico y social de machismo y misoginia, de violencia normalizada contra las mujeres, que permiten atentados contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de las mujeres… todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres”[1].

Nos proponemos pues, aquí discernir, en lo posible, el origen de la violencia contra las mujeres. Y ciertamente no es fácil llegar a una respuesta definitiva en este campo tan intrincado de las relaciones humanas. Por su complejidad, este problema implica un abordaje plural, en el sentido de tomar en cuenta una multiplicidad de causas, haciendo hincapié en que no siempre es posible detectar cuáles son, en una primera mirada, todas las causas que intervienen, y cómo estas causas se interpenetran e influencian para producir este terrible mal.

Porque en efecto, la violencia contra las mujeres es un mal, como ya lo señaló Ivone Gebara[2], un mal que hunde sus raíces en lo profundo de los tiempos. Sin embargo, si bien se trata de un problema complejo, creemos que sí es posible nombrar una causa genérica que engloba a todas las demás: esa causa es el patriarcado. Sería imposible negar que antes del surgimiento del patriarcado haya existido la violencia en general, y que tanto las mujeres, como los varones, hayan sido víctimas de esa violencia, dejando claro que estamos hablando de la violencia de unos seres humanos hacia otros.

Sin embargo, lo que caracteriza al patriarcado, que definimos más abajo, es que la violencia en todas sus formas, se ejerce sistemáticamente contra el grupo humano de las mujeres por parte del grupo humano de los varones, aunque algunos varones también sean víctimas de la violencia de los otros varones. En lo que sigue, trataremos de desarrollar estas ideas que venimos de expresar.

Patriarcado: aniquilación real, aniquilación simbólica
Tradicionalmente se ha pensado siempre que las mujeres son mujeres sin más, mientras que los varones, para ser verdaderamente hombres, tienen que ganarse ese título, que sólo pueden concederle otros hombres, por cierto, mediante un plus, un algo más que los eleva a ese codiciado estatus: la virilidad, la hombría. Consideramos que indagando por este camino habremos de encontrar la clave del machismo, y con ello una de las claves de la violencia contra las mujeres. Porque ese plus se construye paso a paso estableciendo la dominación sobre las mujeres, compitiendo constantemente con los otros varones y siendo agresivos, con una sexualidad casi depredadora y viviendo cómodamente en la doble vida y la doble moral. Todas estas y muchas otras que no podemos detallar aquí, son las características que tipifican el machismo. Y por machismo entendemos, siguiendo a Victoria Sau, en su Diccionario Ideológico Feminista, lo siguiente:

“En la realidad concreta el machismo lo constituyen aquellos actos, físicos o verbales, por medio de los cuales se manifiesta de forma vulgar y poco apropiada el sexismo subyacente en la estructura social. (…) El machista generalmente actúa como tal sin que, en cambio, sea capaz de “explicar” o dar cuenta de la razón interna de sus actos. Se limita a poner en práctica de un modo grosero (grosso modo) aquello que el sexismo de la cultura a la que pertenece por nacionalidad y condición social le brinda. En términos psicológicos podríamos decir que el sexismo es consciente y el machismo inconsciente. De ahí que un machista no sea forzosamente un sexista (algunos machistas dejan de serlo cuando conocen lo que es el sexismo), mientras que un sexista puede no tener rasgos aparentes de machismo”[3]

Hasta ahora se les enseña a los hombres, que deben ajustarse a un ideal de masculinidad que es el de un individuo machista, con variantes según la cultura de que se trate, pero en lo fundamental el modelo es el mismo. La pregunta que nos hacemos ahora es la siguiente: ¿de dónde salió ese modelo? La respuesta más inmediata que nos viene a la mente, y de la que estamos convencidas tras años de investigación y reflexión, es que es el sistema patriarcal el que está en el origen del machismo. ¿Y qué es el patriarcado?

Recurrimos aquí a la definición que nos da Alda Facio en su obra: Cuando el género suena cambios trae:[4]

“Patriarcado es un término que se utiliza de distintas maneras para definir la ideología y estructuras institucionales que mantienen la opresión de las mujeres. Es un sistema que se origina en la familia dominada por el padre, estructura reproducida en todo el orden social y mantenida por el conjunto de instituciones de la sociedad política y civil, orientadas hacia la promoción del consenso en torno a un orden social, económico, cultural, religioso y político, que determinan que el grupo, casta o clase compuesto por mujeres, siempre está subordinado al grupo, casta o clase compuesto por hombres, aunque pueda ser que una o varias mujeres tengan poder, hasta mucho poder como las reinas y primeras ministras, o que todas las mujeres ejerzan cierto tipo de poder como lo es el poder que ejercen las madres sobre los y las hijas.”

En el patriarcado, la dominación de los varones sobre las mujeres y los/as niños/as se extiende a la sociedad en general, de modo que los hombres dominan todas las instituciones sociales y políticas. Por otra parte, en el patriarcado, que por supuesto es también una forma de marcar el parentesco, los hombres se benefician también del poder emocional y creador de las mujeres de dar amor en todos los sentidos de la palabra.

Un aspecto especialmente importante en relación con la supremacía masculina en todos los órdenes, vale decir, en el patriarcado, se refiere al predominio que se expresa a través de los símbolos, tan arraigados en la mente consciente y sobre todo en el inconsciente de las personas. Se trata de una red conceptual constituida por discursos, imágenes, palabras, que expresa simbólicamente la sumisión y el dominio, y que se va construyendo mediante los diferentes aspectos culturales que van penetrando de forma casi imperceptible en las conductas y los pensamientos de las personas, llevándolas a aceptar como algo natural todas las formas que toma el dominio de los varones sobre las mujeres, y particularmente la violencia. Esta consideración del ejercicio de la violencia por parte de los varones como algo natural, es uno de los puntales de la sumisión femenina.

Las mujeres no son sólo anuladas y violentadas físicamente, sino que, incluso antes de esa violencia física, e incluso si no es ejercida, las distintas formas de aniquilación simbólica ya han actuado preparando a las personas para aceptar el status quo reinante entre mujeres y varones, y además incitándolas a considerar que son así por mandato natural o divino, y que por ende son inevitables.

Las prácticas simbólicas a las que nos referimos como aniquiladoras de las mujeres, actúan de muchas maneras. Una de las más eficaces, implica la consideración constante de las mujeres como un grupo inferior y subordinado al grupo de los varones. Esto se cumple de mil maneras, y los medios de comunicación, la literatura, y en general, cualquier obra en la que se hable de mujeres y varones, sirve para transmitir el mensaje. El cine, la televisión, la prensa escrita, óperas, novelas, poesías, obras de historia: en todas ellas, salvo excepciones, las mujeres son representadas como “el segundo sexo”, débiles, menos capaces, irracionales, descontroladas…y un largo etcétera. Basta leer con atención, mirar con ojo crítico, para darse cuenta de ello.

Por otra parte, y “gracias” a las normas gramaticales, lo femenino desaparece siempre tras lo masculino, que representa a toda la especie, de modo que para que lo femenino aparezca, es preciso que sólo mujeres se encuentren en el lugar desde el que se habla. Basta con que haya un solo varón, en un grupo, para que lo masculino tome la delantera e invisibilice la presencia femenina. Por otra parte, al hablar en forma general, o desde una perspectiva conceptual, las mujeres se ven obligadas a expresarse utilizando siempre la forma masculina. Por ejemplo, cuando en este tipo de trabajos, utilizamos el plural llamado “mayestático” las mujeres nos vemos obligadas a decir o escribir: nosotros, de modo que el nosotras que utilizamos aquí para visibilizarnos, resulta ser una “incorrección”.

A ello hay que añadir que, quienes escriben, (y esto es algo que también hacemos muchas veces nosotras, sin analizar lo que implica esta actitud), se refieren a las mujeres en forma peyorativa encubierta. Esto puede adoptar diversas formas. Una de ellas, consiste en hablar de la gente femenina (políticas, literatas, filósofas, etc) utilizando su nombre y omitiendo su apellido, cosa que jamás hacen cuando se refieren a un varón. En otros casos, se utiliza el artículo la antepuesto al apellido, para referirse a la autora, política o colega mencionada, por ejemplo, con lo cual se produce una desvalorización insidiosa de la persona. Se dice por ejemplo la Kristeva, en lugar de decir Kristeva o Julia Kristeva, tal como se dice Sartre o Jean Paul Sartre, y jamás Jean Paul, o Edmund para referirse a Husserl.

También se suele designar a las mujeres, sobre todo en las noticias, tanto en la prensa escrita como en noticieros radiales o televisivos, reduciéndolas a sus funciones hogareñas o a su relación de parentesco o amorosa con los varones. Es decir, se les identifica no como sujetos, (en realidad sujetas) de sus actos, sino mediante su relación con los varones o con el grupo familiar. Esta reducción de las mujeres al mundo de lo privado, de lo íntimo y familiar, tiene como objeto, al igual que los demás casos que mencionamos, mantener la jerarquía de lo masculino sobre lo femenino, mediante la desvalorización de todo lo que tiene que ver con las mujeres.

Incluso la negativa a feminizar nombres de profesiones y palabras que pueden colocarse en femenino, expresan, por parte de las autoridades simbólicas del idioma: los académicos de la lengua, profesores, expertos, etc. una voluntad firme de no permitir que la igualdad entre varones y mujeres se abra paso y se haga una realidad expresada en el habla. Y ya sabemos que la palabra es creadora y modeladora de comportamientos, de modo que cuando se nos quiere hacer callar u ocultar aduciendo las normas de la academia o de la gramática, o de cualquier otro tipo, o señalando que “son solo palabras”, que no tiene importancia, o que siempre ha sido así, es necesario mantener claras nuestras demandas y no cesar en la lucha por cambiar las formas simbólicas a través de las cuales se habla de nosotras. Porque estas formas simbólicas son expresión de una ideología hegemónica que controla y domina a las mujeres, reduciéndolas a la objetivación total y justificando su aniquilación mediante la violencia concreta y la simbólica, que es antecesora y justificadora de la primera.

Particularmente importante desde el punto de vista de lo que venimos señalando es la simbología religiosa, que marca fuertemente a mujeres y varones en un área tan sensible de la vida como lo es la relación conla Trascendencia.Sinentrar a discutir si tiene o no sentido creer en la existencia de un Ser Supremo, el hecho es que la mayoría de las personas, a lo largo de las épocas y en todas las culturas, ha aceptado y acepta que existe una Realidad Superior. Y de “administrar” la relación con esa Realidad Superior se encargan las religiones, que desde que existe el patriarcado, nos hablan de Dios en masculino y lo simbolizan como varón.

Además, caracterizan a Dios como Señor, Rey, Padre, pero padre patriarcal, “dueño y señor de todo”, “amo de lo creado por él”, y otras expresiones por el estilo, con lo cual ponen de manifiesto una condición de dominio y poder de un ser sobre otros seres, de un varón sobre otros varones, y en especial sobre las mujeres. En esta manera de concebir la divinidad, que en otras remotas épocas fue vista como femenina, incluso se usa el símil de la relación varón-mujer en el matrimonio, en un contexto muy particular dentro dela Iglesiacatólica específicamente, como cuando se dice quela Iglesiaes la esposa de Cristo…Está claro aquí que en toda esta simbología, más allá de que Cristo haya venido al mundo como varón, y la palabra Iglesia sea de género femenino, se quiere aludir a una unión de amor, en la cual queda claro que no hay igualdad, que lo masculino predomina sobre lo femenino.

Podríamos continuar con análisis de este tipo, que incluirían representaciones pictóricas de Dios como varón, oraciones y cánticos, y un sin fin de elementos de la expresión religiosa en las que se ensalza y representa como varón a la RealidadSuprema.Pero no es aquí ésta nuestra intención, pues lo que nos interesa es destacar cómo esta simbolización y nombramiento del Ser Supremo como masculino apuntala y alimenta la dominación de los varones sobre las mujeres, y en particular la violencia que la mayoría de éstos ejerce sobre ellas, de forma abierta o encubierta. Pues en efecto, si nada menos que Dios “pertenece” al sexo-género masculino, pues del símbolo se pasa la asunción de lo simbolizado como real, es decir, e insistimos en ello, si Dios es representado como masculino, esto significa para la mayoría de las personas, que Dios es realmente varón, lo cual implica que el sexo masculino es el sexo superior sin lugar a dudas.

Y aunque muchas personas están conscientes, por su nivel de reflexión, de que lo que se hace al representar a Dios es asignarle una imagen humana que no tiene, y tratan de concebirlo como una entidad espiritual que no tiene nada que ver con características materiales de sexo o género, esas mismas personas, y el común de la gente, abierta o inconscientemente, ven ala RealidadSupremacomo ser masculino, lo piensan, se refieren a “Él”, se relacionan con esa realidad como con un varón. Y aunque pueda parecer una exageración, y pueda pretenderse que esto no tiene importancia, es evidente que esta percepción dela Trascendencia“en masculino” opera fuertemente a favor de la afirmación de la supremacía masculina, de su justificación, dificultando e incluso impidiendo el avance de la igualdad y su afirmación en la relación entre mujeres y varones.

Teorías sobre la violencia masculina
Queremos hacer referencia ahora a las teorías sobre la violencia masculina, la esencialista de la sociobiología y la constructivista, que es aquella con la que concordamos. Según la teoría esencialista, desarrollada particularmente por la sociobiología, hay sólo una forma de ser hombre y una sola forma de ser mujer. Todo en nuestros comportamientos estaría determinado por la naturaleza, a través sobre todo de nuestra dotación hormonal. Los hombres serían agresivos, emprendedores y dotados de una sexualidad imposible de controlar debido a la testosterona. Mientras las mujeres, que la tienen en mucho menor grado y a causa del estrógeno, serían pasivas, sumisas y con un grado menor de interés sexual…

No es posible ahora explicar en detalle los fallos de esta teoría, que hemos expuesto aquí someramente. Baste con señalar que la ciencia ha demostrado que no hay relación entre agresividad y testosterona, que la sexualidad humana sí es controlable, porque no depende de las hormonas para manifestarse de esa manera determinante, explicable mediante la ecuación causa-efecto, y que las conductas de género, las diferencias de comportamiento entre varones y mujeres son aprendidas desde la más tierna infancia, condicionadas por la familia, la educación, la cultura…En efecto, como señala Marina Castañeda, la supuesta inclinación de los hombres hacia la guerra, no es natural (léase hormonal), de modo que la guerra “no depende de la testosterona sino de la historia”[5], de tal manera que, estudios realizados durante la guerra de Vietnam, mostraron que antes de entrar en batalla los soldados presentaban más bien niveles bajos de testosterona, lo cual se explica porque “el estrés y el miedo bajan los niveles de testosterona”[6] Y concluye indicando: “ …como han señalado muchos biólogos, las hormonas no originan conductas. Pueden exacerbar una predisposición psicológica o un trastorno físico, pero son menos importantes que el contexto, las circunstancias y los hábitos en la determinación de cualquier conducta”[7]

Por todo ello, entre las pensadoras e investigadoras feministas se habla ya de sistema de sexo-género y no de género solamente, porque la imbricación entre ambos es tal, y la influencia de los condicionamientos tan grande, que en la actualidad es imposible hablar de una conducta sexual o de cualquier otro tipo, que fuese totalmente originaria, “natural”, tanto ha influido en todo ello la domesticación social que todas y todos sufrimos. Y con respecto particularmente a la violencia, y a la consideración de ésta como algo innato o como producto de las influencias medioambientales, concordamos con lo que afirma Adela Cortina cuando escribe:

”Es ésta una disputa que va resolviéndose en la línea de constatar la interacción de herencia y medio, de suerte que no puede decirse que las predisposiciones genéticas sean determinantes de la conducta, porque su desarrollo depende del medio social, ni puede decirse tampoco que las acciones violentas tienen únicamente causas sociales, ya que las predisposiciones genéticas son fundamentales para que se desencadenen tales acciones. En último término, los seres humanos somos una interacción de herencia y medio, y el hecho de que una actitud pueda desarrollarse, puestas ciertas condiciones, ya es suficiente para considerarla como perteneciente a la especie humana. El determinismo biológico y el determinismo social, son, pues, igualmente falsos: más allá de ellos se sitúa el mundo humano, que es el de la libertad condicionada.”[8]

Por otra parte, debemos preguntarnos: ¿de qué manera se expresa el patriarcado en la vida cotidiana de varones y mujeres? ¿Qué significa exactamente ser machista? ¿Por qué los hombres se sienten obligados constantemente a demostrar que lo son? ¿Y cómo lo demuestran? En otros tiempos, y aún en muchas culturas, había y hay ritos, explícitos o no, que expresaban el paso de la infancia-adolescencia a la categoría de hombre, a la seguridad de poseer la virilidad. Esos ritos implicaban por ejemplo ir a la guerra, o matar animales salvajes, domar un caballo, recorrer el mundo en busca de aventuras, y un largo etc, pero particularmente alejarse de las mujeres y evitar parecerse a ellas. Casi nos atrevemos a decir que la virilidad se construye como desprecio o rechazo de lo que se considera femenino y propio de las mujeres, de modo que conlleva necesariamente una total desvalorización de lo femenino.

Sin embargo, debido a las luchas de las feministas y al empuje de las mujeres en pos de alcanzar la igualdad política y social, igualdad de oportunidades, ya la virilidad y el machismo, en muchas partes del mundo en las que las luchas de las mujeres han logrado crearse un espacio, no se expresan de la manera brutal y directa en que se expresaban antes, sino que adoptan formas más disimuladas y sutiles, pero no por ello menos sojuzgadoras, impositivas y despreciativas con respecto a las mujeres. Si bien en muchos casos la violencia física y sexual e incluso los insultos han desaparecido, los varones siguen intimidando a las mujeres mediante gestos, amenazas, y manipulación psicológica, que igualmente surten su efecto. Lo que ha cambiado es que las mujeres ya no se someten ni se dejan avasallar tan fácilmente.

Pero sigue latente la pregunta clave para la reflexión filosófica en este caso: ¿De dónde, de que estructura de la condición humana procede esta diferencia de poder y de valoración entre mujeres y varones? ¿O acaso no hay ninguna explicación que no sea el capricho de la naturaleza o la decisión de un ser superior?

Intento de respuesta filosófica
El Segundo Sexo
A este respecto consideramos que sigue siendo totalmente vigente la respuesta aportada por Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo[9], aunque consideremos que en algunos casos sus planteamientos deben ser corregidos a la luz de los avances logrados porla Teoría feminista contemporánea, la cual es ampliamente deudora de los análisis beauvoirianos.

En El Segundo Sexo, nuestra autora explica las relaciones mujer/varón mediante la noción de alteridad en su doble sentido, explicitándolas en función de la dialéctica hegeliana de las conciencias, la llamada dialéctica del Amo y el Esclavo en la Fenomenología del Espíritu

Señala Beauvoir siguiendo a Hegel, que “la categoría del Otro es tan original como la conciencia misma.”[10] De modo que para alcanzar el rango de conciencia sujeto toda conciencia debe enfrentar a una conciencia opuesta que, captándola en tanto que otra, va a tratar de imponerse a ella y de ser reconocida por ella. Recíprocamente, esta primera conciencia le opone el mismo intento y una pretensión similar. No nos detendremos a explicar aquí la dialéctica hegeliana de las conciencias, que nos parece suficientemente conocida por quienes transitan los caminos de la filosofía, y además ello nos desviaría de nuestro objetivo.

Lo que nos interesa es que se entienda, y eso es lo que explica Beauvoir, la importancia de la alteridad y del enfrentamiento conflictivo entre las conciencias para explicar, partiendo de allí, las relaciones entre los sexos y el rol subordinado que ha correspondido siempre a las mujeres.

Desarrollando sus análisis, señala la autora que la mujer es para el hombre no solamente otro individuo, otra conciencia, sino también la expresión por excelencia dela Alteridad.

“Ya se ha dicho que el hombre no se piensa jamás sino pensando al otro; capta al mundo bajo el signo de la dualidad y, en principio, ésta no tiene un carácter sexual. Pero, siendo naturalmente distinta del hombre, que se plantea como lo mismo, la mujer está clasificada en la categoría de lo Otro; lo Otro envuelve a la mujer…”[11]

Lo más terrible en esta doble reducción de la mujer al rol de alter, de otro, diferente del mismo, el sujeto, el que enuncia la palabra y establece las normas, pautas y definiciones que es el varón, es que, además de ser otro como cualquier individuo que se distingue de quien se plantea como sujeto, la mujer viene a representar en forma absolutala Alteridad. Estoimplica que su realidad en cuanto conciencia, en cuanto individuo otro pero semejante, que es lo que le correspondería asumir para a su vez, ver también al varón como “otro” con respecto a ella y desde su punto de vista, pasa a un nivel secundario, y desaparece casi en favor de este rol de Alteridad Absoluta que se le atribuye.

Ahora bien, lo que convierte en problemática esta situación no es tanto el que la mujer sea para el hombre la expresión misma de la Alteridad Absoluta(pues ella podría verlo a él de la misma forma), sino la valoración negativa que se hace de lo que es Otro, y el carácter aparentemente irreversible de esta atribución. Puesto esto así, a la mujer se le atribuye todo lo que se sitúa del lado del Mal, caracterizándola como pasividad, oscuridad, maldad, noche, irracionalidad, etc. De las parejas de opuestos que se pueden construir con todos los conceptos u objetos, se ha atribuido siempre a la mujer todo lo que es valorizado como negativo, malo o inferior.

A todo ello se añade pues, como hemos señalado, el carácter irreversible que hasta el presente han tenido las relaciones entre los hombres y las mujeres. Estas relaciones, estructuradas como dominio de los varones sobre las mujeres, se han mantenido así a lo largo de los tiempos, de modo que Beauvoir no puede dejar de interrogar: ¿Por qué la conciencia mujer, como cualquier otra conciencia-objeto no ha invertido la situación? ¿Por qué, tal como ocurre en todos los otros enfrentamientos entre conciencias, las mujeres no han exigido la reciprocidad?

“¿Cómo es posible, que esa reciprocidad no se haya planteado entre los sexos y que uno de los términos se haya afirmado como el único esencial, y negado toda reciprocidad a su correlativo, definiendo a éste como la alteridad pura? ¿Por qué las mujeres no discuten la soberanía del macho?”[12]

¿Cuál es la causa de esta aceptación sumisa de su condición por parte de las mujeres? Según nuestra autora, el problema de la mujer reside en que siendo sujeto, existencia y libertad, lo mismo que lo es el hombre, ella debe actuar y elegirse en un mundo construido exclusivamente por los hombres que le imponen reconocerse como Alteridad Absoluta, como existencia degradada en inmanencia, como conciencia-objeto sometida a la conciencia-sujeto masculina: “El drama de la mujer, es ese conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto, que se plantea siempre como lo esencial y las exigencias de una situación que la constituye como inesencial.”[13] Lo que habría impedido pues a las mujeres reequilibrar la situación, es su degradación en inmanencia, mientras que lo humano se define como trascendencia, es decir, libertad. Aquí Beauvoir, preciso es señalarlo, se vale de la moral existencialista sartreana, indicando: “La perspectiva que adoptamos es la de la moral existencialista.”[14]

Y añadiendo a lo anterior una interpretación en clave histórica, nuestra pensadora considera que la función procreadora de las mujeres hizo que éstas se convirtiesen en una carga para el grupo, que debía alimentarlas y protegerlas. Esta manera de ver las cosas, esta representación de las mujeres primitivas como sometidas y exhaustas bajo el peso de sus maternidades y convirtiéndose en casi un estorbo para el clan o la tribu, no concuerda con numerosas investigaciones llevadas a cabo por antropólogas y arqueólogas feministas, algunas de ellas con obras posteriores a la de Beauvoir.

Otro punto en el cual es preciso hacer una lectura cuidadosa y correctiva del texto beauvoiriano, tiene que ver con su consideración de la necesidad del triunfo del patriarcado, dado que según ella, se requería de “la gran derrota histórica del sexo femenino”, para lograr el progreso de la humanidad. Es evidente, que ese triunfo del patriarcado, consecuencia de la evolución del régimen económico y de filiación, trae como corolario inevitable la devaluación de lo femenino y de las mujeres. Toda esta evolución adquiere aquí mayor peso porque se la enuncia en clave ontológica, justificando desde esta perspectiva lo que no fueron sino acontecimientos contingentes y fortuitos, que por ello pueden ser cambiados. En este sentido, señala:

“Así el triunfo del patriarcado no fue ni un azar ni el resultado de una evolución violenta. Desde el origen de la humanidad su privilegio biológico ha permitido a los machos afirmarse solos como sujetos soberanos, y no han abdicado nunca ese privilegio, (…) Es posible, sin embargo, que si el trabajo productor hubiese seguido siendo proporcionado a la medida de sus fuerzas la mujer hubiera realizado la conquista de la naturaleza con el hombre (…) Lo que le ha sido nefasto es que, al no convertirse en una compañera de trabajo para el obrero, ha sido excluida del mitsein humano: esa exclusión no se explica por el hecho de que la mujer sea débil y de capacidad productora inferior; el macho no reconocía en ella a un semejante porque ella no participaba de su manera de trabajar y pensar y porque permanecía sujeta a los misterios de la vida; dado que no la adoptaba, dado que conservaba ante sus ojos la dimensión del otro el hombre no podía sino hacerse su opresor. La voluntad macho de expansión y dominación ha transformado la incapacidad femenina en una maldición.”[15]

En efecto, si como Simone de Beauvoir lo interpreta, a causa de su “privilegio biológico” el hombre expresa mejor la trascendencia, y la mujer, también a causa de su biología, está condenada a la inmanencia, y recordemos nuevamente que esa es la terminología del existencialismo sartreano, solamente un régimen patriarcal podía conducir a la humanidad a una situación más rica en progreso y en razón, superando las aguas pantanosas de una feminidad sometida a los vaivenes de una naturaleza ciega y repetitiva. Esta manera de ver las cosas, es consecuencia, insistimos, de la interpretación ontologicista de los datos naturales y de la valoración extremadamente negativa que hace Beauvoir de los parámetros biológicos que hacen a la mujer diferente del hombre.

Aunque como hemos dicho, compartimos con ciertas reservas la explicación de Beauvoir[16], acerca del triunfo del patriarcado, sí compartimos el manejo que hace del concepto de alteridad, sobre todo en el sentido de considerar que todo lo que es otro, es decir otro individuo y además diferente, siendo la diferencia más radical la diferencia sexual,[17] tendemos a rechazarlo, a desconfiar de él /ella, y extrapolar sobre dicho individuo todo aquello que rechazamos de nosotros/as mismos/as. En todo ello hay mucho de miedo, de sentirnos amenazados/as por lo que es diferente, aún cuando podríamos sentir también curiosidad y deseos de conocerlo. Sin embargo, por lo general predomina el miedo, el sentimiento de rechazo, el encerrarnos en lo nuestro, negando lo desconocido, lo otro.

Además de explicar la sumisión de las mujeres por el problema de la alteridad, Beauvoir reflexiona de una manera particular, como hemos visto, sobre las circunstancias concretas que condujeron a las mujeres a una situación de inferioridad. En efecto, esto se explicaría también por el hecho de que la mujer está más sujeta a los vaivenes de la vida de la especie y debido a que, por ello, “su aprehensión del mundo es menos amplia que la del hombre,”[18] con lo cual al no participar en el trabajo productor, también perdió poder, pues dejó de ser la compañera del hombre en la producción del mundo. Y ello habría acarreado, como dijo Engels, la gran derrota histórica del sexo femenino. Sin embargo, aún realizando estas interpretaciones, a las que ya nos hemos referido, que parecieran acercarla a la postura del materialismo dialéctico, Beauvoir, señala que las explicaciones de éste “son superficiales”[19] porque no se refieren al ser humano total, sino solo al “homo oeconomicus”[20]. Por eso añade:

“Resulta claro, (…) que la idea misma de posesión singular no puede adquirir un sentido sino a partir de la condición original del existente. Para que ésta aparezca es preciso, en primer lugar, que haya en el sujeto una tendencia a plantearse en su singularidad radical, una afirmación de su existencia como autónoma y separada.”[21]

De igual modo, señala que la rivalidad económica entre los individuos y el deseo de apropiación y de bienes privados, es consecuencia del proceso de enajenación[22], por medio del cual el ser humano se pierde en el mundo para reencontrarse en él bajo una forma objetiva y extraña, a la que hace suya. Así, “cada uno intenta apropiarse de un trozo de suelo, de los instrumentos de trabajo, de las cosechas. En esas riquezas, que son suyas, el hombre se encuentra a sí mismo, porque se ha perdido en ellas.”[23] Por eso puede darles tanta importancia como a su propia vida. De modo que el interés del hombre por su propiedad se hace inteligible, dice nuestra autora, cuando vemos la infraestructura ontológica que hay bajo ella y que la explica. De la misma forma, como ya se señaló, no es la aparición de la propiedad privada sin más, lo que oprime a la mujer, sino el hecho de que no participa con el hombre del mitsein humano en el trabajo, en el momento en el que este trabajo se hace inabordable para ella, ciertamente el momento de la aparición de la propiedad privada y el patriarcado. En todo caso, es justamente la categoría de la alteridad, con la fuerza explicativa que le atribuye Beauvoir, la que sigue estando en el fondo de toda esta situación de sumisión de la mujer, pues, como ya señalamos, citándola,

“ese fenómeno es una consecuencia del imperialismo de la conciencia humana que busca cumplir objetivamente su soberanía. Si no hubiese en ella la categoría original del Otro, y una pretensión original de dominarlo, el descubrimiento del instrumento de bronce no hubiera podido provocar la sumisión de la mujer.”[24]

Por otra parte, a diferencia de cualquier otro grupo humano que represente en un momento dado la categoría del otro para un determinado grupo de sujetos, lo que complica aquí los intentos de liberación es el hecho de la comunidad de vida e intereses que unen a la mujer y al hombre, lo cual la vuelve solidaria del hombre y hace imposible que en ella habite un deseo de revolución radical, en el que ella, como una clase o raza oprimida buscaría eliminar a sus opresores e igualarse con ellos renunciando a las diferencias.

Dicho todo esto, precisamos insistir, volviendo a la tesis de Engels, referente a la derrota del sexo femenino, al instaurarse el patriarcado, que a pesar de las críticas que hace al materialismo histórico en cuanto a explicar la situación de opresión de las mujeres, Beauvoir tiene a pesar de todo muy claro al escribir El Segundo Sexo, que son el patriarcado y el capitalismo lo que concretamente oprime a las mujeres[25].

En la versión que del surgimiento del patriarcado nos ofrece Evelyn Reed[26], ella comienza por asumir la existencia real de un matriarcado inicial, cosa que como hemos visto más arriba, Beauvoir niega, manteniendo una postura sumamente desvalorizadota de las mujeres primitivas. Este matriarcado del que nos habla Reed, no implicaba una posición de dominio de las mujeres sobre los varones, sino una postura de colaboración entre las y los humanas/os, y una socialización de los varones por parte de las mujeres, aplicando para ello un tabú alimentario que no viene al caso explicar aquí. Durante el matriarcado, se habrían producido, por parte de las mujeres, descubrimientos fundamentales para el progreso de los/as humanos/as, desde el lenguaje hasta el fuego, desde la agricultura hasta la cría de animales, pasando por la cerámica, el tejido, la construcción de las primeras viviendas, etc. Después de una evolución de varios siglos, habría aparecido el patriarcado, muy tardíamente en la historia, al comienzo de la época llamada civilizada. Así pues, en el patriarcado, prevaleciendo el dominio masculino de los paterfamilia, se produce una apropiación material de todo lo conducente al poderío económico, incluidos las mujeres, sus vientres productores y sus hijos/as.

A ello puede haber coadyuvado, como sugiere Beauvoir, no tanto la debilidad física de las mujeres, que no debieron estar tan lejos de los varones a nivel de fuerza física y resistencia sobre todo, ni tampoco su falta de aportes materiales y de subsistencia a la comunidad, puesto que los había, pero ciertamente el hecho de que, que, como ya hemos visto, en el momento del surgimiento de la propiedad privada, es probable que las mujeres ya no participasen en condiciones de igualdad con los varones en el trabajo de pastoreo y de cultivo en los campos a gran escala. Y como ella explica, la voluntad de dominio del otro pudo afirmarse en los varones en detrimento de las mujeres, que pasaron a ser “propiedades” del patriarca, todo ello apuntalado por un control muy concreto de todos los elementos de la realidad social y política por parte de los varones, incluido en primer plano el famoso derecho paterno, bajo el cual a pesar de todo, aún vivimos. Y si bien en el período matriarcal y durante la larga evolución hacia el patriarcado, se vivía más de lo que las mujeres recolectaban o cosechaban que de la caza, y en muchos otros aspectos ellas serían más útiles incluso que los varones en el plano de la vida cotidiana, siendo quizás el mayor aporte de éstos la protección en momentos de guerra, la apropiación de las riquezas y la acumulación de las mismas, acabaron por imponer el dominio de los patriarcas. Lo que probablemente, nos atrevemos a añadir, acabó de dejar en posición de desventaja a las mujeres, fue su inclinación a la paz, a la colaboración, al diálogo, a la protección de los más débiles, en particular los hijos e hijas.

Los varones y también las mujeres pueden enfrentarse violentamente entre sí en razón de la escasez, tal como plantea Sartre en la Crítica de la Razón Dialéctica,[27] y no cabe duda de que siempre hay en todas las sociedades y culturas, un porcentaje de individuos desquiciados, casos psiquiátricos que disfrutan dañando a otros y que la sociedad debe detectar y controlar.

Pero en todo esto, ¿dónde ubicamos la violencia contra las mujeres? La respuesta beauvoiriana, basada en el problema de la alteridad, nos parece ser la mejor respuesta desde el punto de vista filosófico. Y aunque para nuestra autora las mujeres permanecieron siempre en un segundo plano, desde el punto de vista histórico, la respuesta nos parece ser pues, tal como hemos señalado, que esta violencia se inicia concretamente, de forma sistemática, con el surgimiento de la propiedad privada, la familia y el Estado, como dice Engels. En ese momento los varones, como ya se dijo, tomaron la delantera y esclavizaron, o al menos domesticaron, la energía y las potencialidades de todo tipo que poseían y poseen las mujeres, impidiéndoles continuar su desarrollo en todos los sentidos, reduciéndolas al seno del hogar y negándoles toda participación social, política, cultural, desconociendo a la vez su aporte económico desde el hogar. A todo ello se sumó una férrea moral, aplicada sólo a las mujeres, la desvalorización de todo lo que ellas representan y la apropiación de sus personas y de las personas de sus hijas/os.

Vamos a presentar ahora la posición de tres autoras con respecto al problema del mal. En efecto, consideramos que el concepto del mal que nos proporcionan la teóloga ecofeminista brasileña Ivone Gebara, la teóloga ecofeminista norteamericana Rosemary Radford Ruether y la filósofa alemano-norteamericana Hannah Arendt, nos permitirá enfatizar en el hecho de que la violencia contra las mujeres es un mal, ubicando el problema en el terreno de la moral y de la ética. Y lo más interesante en todos los casos, es que no nos hablan de un mal metafísico que no podríamos superar ni eliminar, sino de un mal concreto, ilegítimo, contra el cual debemos luchar con todos los medios de los que podamos disponer.

El rostro oculto del mal
Consideramos también como sumamente interesantes, explicativas y dignas de mención, las ideas de la teóloga ecofeminista brasileña Ivone Gebara, que en su libro, El rostro oculto del mal[28], nos invita a darnos cuenta de que los discursos teóricos sobre la igualdad, ya sea que se afirme o que se demande, han servido para ocultar la desigualdad cultural e histórica, en la experiencia concreta, afectando particularmente a los grupos de personas que se encuentran en los niveles más bajos de la escala social, o que sufren un mayor grado de marginación y subordinación. Así es el caso de las personas de raza negra, por ejemplo, de las etnias indígenas, o de los pobres, y particularmente de las mujeres en todos los casos, pero sobre todo, las mujeres pobres, y entre las pobres, las de raza negra o pertenecientes a una etnia. Valiéndose de la mediación del género, Gebara estudia los ““males” concretos de las mujeres desde una estructura social y cultural que les impone un lugar inferior en la jerarquía de los seres humanos.”[29]

Utilizando testimonios de primera mano, y aplicando además de la metodología de género, los métodos fenomenológico y hermenéutico, esta autora nos habla de cuatro formas en que se manifiesta el mal que sufren las mujeres: el mal de “no tener”, que está vinculado a la obligación que en todas las culturas se impone a las mujeres de alimentar, dar el sustento a la familia, además de atender a los enfermos, y a los moribundos, “como si ellas hubieran de ser las primeras en dar testimonio de la vida y de la muerte.”[30] Esta responsabilidad cultural que se impone a las mujeres, se convierte en una carga, un “destino”, algo que no sólo les impide desarrollar sus potencialidades, sino que las hace resignarse, conformarse, o a veces rebelarse, pero en todo caso, sentirse culpables cuando no tienen qué dar de comer a sus hijos o no quieren asumir el cuidado de los enfermos o ser el soporte emocional de los suyos. “El mal no reside en el servicio, dice la autora, sino en su imposición, en la determinación de un determinado papel como si de su destino se tratara”[31].

A éste se añade el mal de “no poder”, en todas sus formas y expresiones, que Gebara presenta a partir de varios casos concretos de mujeres pobres, o que han sufrido el mal de la muerte de un hijo o hija, o la misma dificultad de vivir en un cuerpo femenino en medio de un mundo masculino.

“Esta cotidianidad del bien/mal acompaña las necesidades más vitales del cuerpo. Es el mismo lugar de la perdición: cuerpo condenado por el hambre, cuerpo condenado por la sed, cuerpo condenado por la falta de vivienda, cuerpo condenado por la enfermedad, cuerpo golpeado, cuerpo expuesto a la violencia…, cuerpo sin salvación. Pero se trata de una salvación concreta, de una salvación en lo cotidiano, una salvación para este tiempo, para esta vida y esta historia. Está tan lejos de los grandes proyectos de la economía mundial, de las estadísticas oficiales o de los apocalipsis religiosos… Tan lejos también de la salvación de los cielos y de las promesas mesiánicas…”[32]

Gebara quiere referirse aquí no solo a la impotencia humana en general de quien sufre de la enfermedad, la muerte, el hambre o el frío, sino a la particular impotencia, o más bien carencia de poder que sufren y contra la cual luchan las mujeres, que no tienen la misma libertad de expresión, puesto que su palabra no es valorada, su cuerpo no es respetado, no tienen las mismas oportunidades sociales, y democracia no significa lo mismo para ellas, las más de las veces apartadas de todos los centros de poder donde se toman las decisiones…

El tercer mal del que sufren las mujeres es el mal de “no saber”, y para muchos, este mal ya no existiría hoy en día en que las mujeres tienen pleno derecho a la educación. Pero, aunque no pueda decirse que las mujeres siguen encontrando dificultades, límites y prohibiciones como en la época de Sor Juana Inés dela Cruz, cuyo sufrimiento por el ansia de saber, hasta finalmente perecer después de duros castigos, relacionados también con su ser como religiosa, analiza la autora, sí puede considerarse que por multiplicidad de razones, muchas mujeres, sobre todo las más pobres, ven dificultada aún más su vida por la ignorancia, por la imposibilidad de estudiar, cuando la supervivencia cotidiana es la prioridad, y ellas deben responder, ante todo, como ya dijimos, por la vida de las otras personas que conforman su familia o comunidad.

Por otra parte, el poder que el saber otorga, y la liberación que produce el conocimiento, siguen estando en manos y bajo el control de los varones, pues la ideología es tan fuerte, que la carencia de conciencia de grupo, en la mayoría de las mujeres, las lleva a comportarse como si fuesen hombres, de modo que por lo general, poco beneficia a la totalidad de las mujeres el hecho de que muchas de ellas se encuentren en cargos encumbrados, o hayan accedido a las alturas del saber. De todas formas, también aquí, el discurso masculino sigue siendo más valorado que el femenino.

Y con esto entramos en el cuarto mal que menciona Ivonne Gebara, el mal de “no valer”. En este sentido señala la autora:

“El “valer” es un lugar más de crucifixión para las mujeres. No sólo se trata del valor que se les atribuye a las mujeres en relación con los hombres, sino también en relación con otras mujeres. Hay mujeres que sólo valen como” objetos”, y “objetos” de placer o de venganza, “objetos de placer o de odio. Las “mujeres objeto” tienen dificultades para afirmarse como autónomas, como “sujetos”, capaces de orientar su historia a pesar de lo involuntario que hay en toda vida humana” [33]

El mal es la mala relación
En el último capítulo de su libro: Gaia y Dios. Una Teología ecofeminista para la recuperación de la Tierra[34], titulado: “Crear un mundo sano: espiritualidad y política”, la teóloga ecofeminista Rosemary Radford Ruether nos ofrece su propuesta de solución a toda la problemática planteada en su libro. Esta propuesta podría resumirse en la idea de lograr la reconciliación entre Dios y Gaia,la Tierra. Ambas voces sagradas son necesarias, nos dice.

Para definir una nueva ética de vida ecológica, ella propone revisar la cuestión del bien y del mal, del pecado y la caída. La interpretación y solución de este problema, es heredada por los cristianos, tanto de la tradición hebraica, como de la tradición griega, en la cual el mal resulta de un error metafísico: el dualismo cuerpo/alma, que debe resolverse a favor de esta última, controlando y rechazando al cuerpo. En la medida en que el cristianismo fusionó ambas versiones, nuestra solución debe innovar y superarlas a ambas, a partir de sus propias raíces históricas.

Es preciso además, buscar una fundamentación de la ética que no implique entonces la negación dualista del otro (mujer, cuerpo, animal, paganos, gentiles, bárbaros, etc) como portador de todo lo que rechazamos, incluso en nosotros mismos. El mal sin embargo existe realmente, pero no es algo exterior a nosotros. El mal es la mala relación: al proliferar más de lo debido a expensas de otros, cada especie produce el mal, llegando incluso s destruirse a sí misma al destruir su soporte biótico. Así, nos dice la autora:

“La fuerza vital en sí misma no es inequívocamente buena, pero se torna mala cuando se lleva a su máximo a expensas de otros. En este sentido, el bien estriba en los límites, en un equilibrio entre nuestro propio impulso vital y los impulsos vitales de todos los otros con los que nos encontramos en comunidad, de manera que el todo permanece en una armonía que sustenta a la vida. La sabiduría de la naturaleza estriba en el desarrollo de límites interconstruidos a través de una diversidad de seres en mutua relación, de manera que ninguno excede su propio nicho”. [35]

En este sentido acusa a la especie humana, y dentro de ésta a los varones dominantes, de ampliar su vida al máximo, perjudicando a sí a los demás: ala Naturaleza, o a otros seres humanos, particularmente a las mujeres y los infantes. Evidentemente, un sistema así no puede sino colapsar al llegar a su máximo estadio, El problema hoy en día, es que al encontrarnos en un sistema de explotación global, la posibilidad de destrucción es global también. Sin embargo, en nuestra propia herencia cristiana, hay culturas de crítica y compasión (frente a culturas de dominación que también heredamos del cristianismo) que debemos tratar de desarrollar para contrarrestar a la otra.

Lo interesante del libro de Gebara, al igual que la definición que propone del concepto de mal Rosemary Radford Ruether,[36] es el hecho de que no nos hablan de un mal metafísico, abstracto y absoluto, sino del mal concreto que afecta a todos los grupos humanos subordinados, a aquellos que para los dominadores, los machos del planeta, son “los otros”, la alteridad absoluta, como decía Simone de Beauvoir, así como a la naturaleza, que se ve como algo que está allí al servicio del hombre, para ser utilizada y explotada. En ese sentido no es casual el hecho ideológico de que los grupos oprimidos sean asimilados a la naturaleza, vistos como instintivos, primitivos, y que, al igual que aquella, de la cual el hombre se pretende amo y señor, se afirme que “necesitan” ser dominados.

La violencia contra las mujeres: ¿una banalidad?
Todavía hay quienes no asumen la gravedad del problema del que venimos hablando, y lo banalizan como si fuese una nimiedad, parte de la vida cotidiana y sus dificultades de convivencia, o le aplican calificativos equivocados, como actos de violencia “pasional”, “crímenes “pasionales” o incluso violencia doméstica, considerándolos como aspectos “normales” o “excepcionales”, según se vea, de las relaciones humanas….

Pero para nosotros, el problema de la violencia contra las mujeres, es un flagelo de tal gravedad para la humanidad, que consideramos que podemos aplicar aquí los conceptos arendtianos de mal radical y de banalidad del mal, pues nos parece que ambos conceptos son aplicables para calificar la violencia que sufren las mujeres cotidianamente en el mundo entero y por el solo hecho de ser tales. En efecto, en la violencia de todo tipo que sufren las mujeres puede hablarse de un crimen contra la humanidad, por las proporciones que esta violencia reviste y ha revestido a lo largo de los tiempos y por la manera en que este hecho ha quedado oculto y se ha banalizado de una forma vergonzosa. Por otra parte, quienes ejercen la violencia contra las mujeres, no son monstruos o seres dotados de alguna maléfica característica. No, son varones comunes, que en general pasan por ser buenos padres de familia, o incluso a veces esposos ejemplares. Pero son, como dice Arendt refiriéndose a Eichmann: alguien “prácticamente incapaz de de ver las cosas desde un punto de vista diferente al suyo”[37].

Creemos que nos está permitido aplicar estos conceptos arendtianos en función del problema de la violencia contra las mujeres, haciendo los debidos ajustes en cuanto a los criminales y a quienes sufren este banalizado mal radical por el sólo hecho de haber nacido mujeres, vale decir, un poco más de la mitad de la especie humana. No nos parece exagerado nuestro planteamiento, en la medida en que ciertamente, en la violencia de todo tipo que sufren las mujeres puede hablarse de un crimen contra la humanidad, y de un mal radical[38] por las proporciones que esta violencia reviste y ha revestido a lo largo de los tiempos, y por la manera en que este hecho ha quedado oculto y se ha banalizado de una forma vergonzosa, pero también por la banalidad de los verdugos, que se encuentran en todos los grupos, clases, razas, etnias o colectivos sociales, o como quiera llamárseles. Algunas autoras, como hemos señalado antes, hablan ya de feminicidio, y ciertamente, a la vista de las proporciones que tiene el problema, no hemos dudado en darles la razón.

Concluyendo
Como dijimos al comienzo, hemos tratado de realizar un abordaje plural, tomando en cuenta una multiplicidad de causas, y tratando de mostrar cómo estas causas se interpenetran e influencian para producir este terrible mal que es la violencia contra las mujeres ejercida por los varones dentro del sistema patriarcal. Por otra parte hemos querido destacar todos los aspectos simbólicos que inciden en la canalización de la violencia contra las mujeres, e incluso la preceden y alientan. Hemos hecho un recorrido por la obra de Simone de Beauvoir El Segundo Sexo, encontrando allí, la que en nuestra opinión sigue siendo la mejor explicación filosófica del problema que nos ocupa. Conceptos de las obras de Ivone Gebara, Rosemary Radford Ruether y Hannah Arendt le han dado más peso teórico a nuestra reflexión. Sin embargo, no se olvide que lo que hemos hecho aquí, representa sólo un intento de aproximación a este terrible mal que es la violencia contra las mujeres, de modo que no damos por zanjada la cuestión, y consideramos que es mucho lo que hay aún que pensar y que actuar. Esperamos que este acercamiento al problema desde una perspectiva básicamente filosófica, sea de utilidad para todas/os aquellas/os que no se conforman con el mundo en el que nos toca vivir y se disponen a continuar trabajando para cambiarlo.

Dra. Gloria Comesaña Santalices
Facultad de Humanidades y Educación
Doctorado en Ciencias Humanas
Cátedra Libre dela Mujer
Universidad del Zulia
Maracaibo, Venezuela.

gmcsantalices@gmail.com


16 Días de Activismo para Erradicar la Violencia contra la Mujer 


[1] ¿Qué es feminicidio? Documento consultado en Internet en:  http://www.univision .com  el 14-11-07.

[2] Gebara, Ivonne: El rostro oculto del  mal. Una teología desde la experiencia de las mujeres. Editorial Trotta, Madrid, 2002.

[3] Sau, Victoria: Un diccionario ideológico feminista. Icaria Editorial, Barcelona, 1981, pág. 147-148.

[4] Facio Alda: Cuando el Género suena cambios trae. Metodología para el análisis de género del fenómeno legal. Ed. Gaia Centro de las Mujeres, Caracas. Mediateca de las Mujeres. Fondo EditorialLa Escarcha Azul. Caracas, Mérida. 1995. En esta definición no concordamos con la autora en la utilización de los términos clase o casta para referirse a las mujeres o varones en general. Por lo demás compartimos la definición de Facio.

[5] Castañeda, Marina: El machismo invisible. Editorial Grijalbo, México, 2002, pág. 46.

[6] Ibidem.

[7] Ibid., pág. 47.

[8] Cortina, Adela: “El poder comunicativo. Una propuesta intersexual frente a la violencia.” En: Fisas Viçenc (Ed.): El sexo de la violencia. Género y cultura de la violencia. Icaria Editoria, Barcelona, 1998, páginas 29-30.

[9] De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo. Tomo I (Los Hechos y los mitos). Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1970.

[10] Ibid., pág. 13.

[11] Ibid, Pág. 95.

[12] Ibid., pág. 14.

[13] Ibid., pág. 25.

[14] Ibidem.

[15] Ibid., págs. 103-104. Las negritas son nuestras.

[16] Particularmente el aspecto ontologicista de esta interpretación.

[17] O sexo-género, podríamos decir ya.

[18] Ibid., pág. 76. Con esto se refiere Beauvoir a las dificultades que plantea a la mujer su menor fuerza física, entre otras cosas. Este tema que podríamos considerar superado hoy en día gracias a los avances del maquinismo, de las nuevas tecnologías, y a todo aquello que no requiere de fuerza física para ser realizado, no se ha revelado tan liberador de las mujeres como podría pensarse. Al menos, no en el tema de la violencia y en el de la autoestima frente a una pareja maltratadora y opresora. Los hilos y tramas de la psicología individual y los mecanismos diversos de las relaciones de pareja hacen aún más complejo el tema de la violencia, particularmente en cuanto a la capacidad de las mujeres de liberarse de una situación que las esclaviza y destruye.

[19] Ibid., pág. 79.

[20] Ibidem.

[21] Ibidem.

[22] Al dar estas explicaciones, en la sección dedicada al materialismo dialéctico, ella está siguiendo de nuevo a Hegel, basándose en su concepto de lo que es el trabajo (del esclavo) en la Fenomenología del Espíritu. Ya sabemos que el materialismo dialéctico es también deudor de Hegel en el manejo de este concepto, aunque, como dice Marx, colocándolo ahora “en la posición correcta”.

[23] Ibid., pág. 80.

[24] Ibid.Página 80-81.

[25] En la época en que escribió El Segundo Sexo, Beauvoir todavía creía que el socialismo liberaría a las mujeres.

[26] Reed, Evelyn: Féminisme et Anthropologie. Denoël. Gonthier, Paris, 1979.

[27] Sartre, Jean Paul: Crítica de la Razón Dialéctica. Editorial Losada, Buenos Aires, 1963. Véase: Rareza y modo de producción. Pág. 255 y siguientes.

[28] Gebara Ivone: El rostro oculto del mal. Editorial Trotta, Madrid, 2002.

[29] Ibid., pág. 35.

[30] Ibid., pág. 40

[31] Ibid., pág. 41.

[32] Ibid., pág. 44.

[33] Ibid., pág.57.

[34] Radford Ruether, Rosemary: Gaia y Dios. Una Teología ecofeminista para la recuperación de la Tierra. Ed. Demac, México. 1993.

[35] Gebara Ivone: El rostro oculto del mal. Opus Citat, pag. 262.

[36] Radford Ruether, Rosemary: Gaia y Dios. Una Teología ecofeminista para la recuperación de la Tierra. Opus Citat.  Página 262.

[37] Arendt, Hannah: Eichmann en Jerusalén. Un Estudio sobre la banalidad del mal. Editorial Lumen, Barcelona, 1967, página 83.

[38] que se pierde en la “noche de los tiempos” y que no cesa de producirse de una manera dramática en nuestros días.

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Editor: Monzantg // Comuníquese con nosotros: revistapaisportatil@gmail.com

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