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Género, Literatura

La pasión

Annex - Sebastian, Dorothy (Our Dancing Daughters)_02Gisela Kozak Rovero
Caracas

Salimos del amor
como de una catástrofe aérea
Cristina Peri-Rossi

Convencida y vencida, húmeda y anhelante, te contemplo dormida luego de abrir la puerta del cuarto en el que duermes en la casa de una amiga común que se niega a tomar partido en la guerra civil. Tú y yo estamos en bandos distintos y por eso nos separamos hace un año. Hay una tregua y debo hacer un reportaje sobre esta frontera entre la nada y el olvido, pero en realidad estoy aquí porque te sigo amando. Qué cansada debes estar pues ni siquiera apagaste una débil luz amarillenta que tienes en la mesa cerca de tu cama. Tu uniforme militar está arrugado en una silla: una química trocada en guerrera. Hace frío pero tú duermes confiada entre cobijas gruesas que te envuelven y que solo dejan ver una pantorrilla torneada, un brazo finamente musculoso, el cuello. Disfruto tu perfil, la nariz que surge del entrecejo con un trazo contundente y recto. Entro, cierro, me quito la chaqueta de cuero, la dejo en la única silla. Con ternura me inclino sobre ti, arreglo las cobijas sobre tu cuerpo.

Quiero ser esas cobijas para tocar toda tu piel en una sola caricia. Me acuesto a tu lado. Aceptas mi presencia, estás dormida, ¿estás despierta? Recorro apenas rozándote con mi nariz tu cuello desde la nuca hasta tu oreja; el olor es solo tuyo. Siento tu estremecimiento y te envuelvo con el brazo izquierdo, te acomodas, sabes que soy yo quien te abraza. Mis pechos prueban su dureza en tu espalda. Mi otra mano sostiene mi cabeza. Abres los ojos pero no me miras de inmediato. Con los dedos comienzo a recorrer tu vientre y empiezo a subir. Haces un gesto tímido intentando evitarlo; no insisto, beso tu cuello, no he dejado de amarte nunca, ni un día, murmuro. Quisiera disfrutar tu pecho izquierdo, volver a sentir de nuevo que me llena la mano, tentar el endurecimiento de tu pezón. Haces un gesto de inquietud; hemos estado de costado y te das la vuelta para enfrentarme. Tropiezas con mi boca que te espera, la mantengo sobre la tuya; apenas ladeo la cabeza, mi brazo derecho se acomoda en tu nuca y hombros, mis labios hacen apenas un movimiento sobre los tuyos que se entreabren con un gesto tímido. Envuelvo tus labios con los míos, soy yo la que conduce el beso, la intensidad, el tiempo que durará, el punto justo de humedad, el movimiento exacto de la lengua: apenas la punta. Es un beso largo, de reconocimiento, de reencuentro. Aquí vine a claudicar, lo sé.

Tratas de detenerme, observo tus ojos negros que dicen que sí y tus labios que dicen que no. Te sientas, te atraigo hacia mí. Soy yo quien te ofrece la boca, la que rodea tu cuello, la que espera el abrazo que posee, la que te murmura a tu oído hazme tuya, haz lo que quieras conmigo, te daré lo que pidas, me abrazas. Todavía estoy a medio vestir, eso te molesta, te humilla un poco. El que yo esté con ropa enfatiza tu desnudez. Siempre has dormido desnuda, pero hace demasiado frío. ¿O sabías que vendría a verte? Te separo un momento de mí, te miro, veo fragilidad, te abrazo, te acuno, te digo lo que vine a decirte: me rindo. No contestas, pasan minutos entre abrazos, besos de variada intensidad, caricias en la espalda, en el cabello. Frente a tu rostro me quito la franela, me acaricias los pechos lentamente y luego de un modo más intenso; mi cuello se arquea (te extrañaba tanto) mi entrecejo se une (te deseaba tanto) mi boca se abre, gimo. La precisión, la rapidez de tu lengua, la forma de abrir la boca y cubrir el pezón siempre me han gustado. Vamos cambiando de posición, me dejas hacer cuando te recuesto y bajo a tus pechos. Los trato con gentileza, mi boca cerrada los recorre antes de probarlos, te los beso con paciencia, presiono tus pezones entre dos dedos, los acaricio con la yema del índice, empiezas a arquearte, a gemir, a perder el control. Abres tus muslos, quieres que me acomode entre ellos. Lo hago, cuidando no exceder el peso justo sobre tu cuerpo. Nos movemos llevando un compás suave, exactamente al mismo ritmo, tocándonos las caras, el cabello, en una caricia que incluye todo el cuerpo, concentradas, mirándonos a veces, escondiendo mi cara en tu cuello, aferrándonos con ternura de alta temperatura la una a la otra porque en medio de este peligro somos la vida que nos queda.

Un beso largo indica la tempestad en ciernes; regreso a tus pechos dueña y sin freno, los pruebo, los envuelvo con mi boca. Mi mano acaricia tu vulva, te abres sin apuro, me contengo, apenas rozo tu clítoris. Tu mano en la mía indica que quieres más. Mi dedo medio presiona suavemente de arriba hacia abajo y viceversa. Subo a tu boca y mientras te beso bajo a la entrada de tu vagina y dejo los dedos justo en la entrada. Me detienes, me recuestas, me quitas lo que me queda de ropa y nuestros cuerpos se emulsionan en una danza que dura minutos; estás sobre mí, me jineteas paciente y sabia, me amansas la inquietud mientras te sujeto por los hombros y te pido que sigas. Mi cuerpo acepta tu ritmo, tu peso, tu forma de mordisquear mis orejas, tu beso altanero de labio contra labio, tu lengua vencedora, un mordisco preciso que da un levísimo dolor, dolor curado por la ternura de tu beso siguiente. El ritmo es otro, los besos más dulces, el movimiento más acompasado. Penétrame, te pido, me acunas por un instante en tu regazo. Buscas entre mis muslos, me tocas el clítoris con la frotación exacta, al rato introduces dos dedos, cuidadosa. Eres lenta para enloquecerme.

Te pedí una tregua, ya va amor, te dije con tanta ternura que me soltaste sin chistar. En un instante tenía mi rostro en tu bajo vientre. Tu perla asomaba redonda y plena. La punta de la lengua recorrió desde la entrada de tu vagina hasta el clítoris erecto y se detuvo: primeo un toque …estremecimiento…Otro. Presionar, lamer con levedad primero y ante tus gemidos, tu “más rápido”, lamer velozmente, envolver tu perla con los labios y chuparla, sentir tu olor a vainilla, los vellos cuidadosamente afeitados y puestos en su lugar. Tu vulva es hermosa, su carne es rosada, los labios mayores están tan bien modelados como los menores. Mi lengua es precisa con tu clítoris, el placer te arranca gemidos. Luego me dices “Así, cógeme”. Te penetro con mis dedos por la vagina y el ano y al minuto los espasmos comienzan: siento el primer sismo en mi lengua y las contracciones en mis dedos, rítmicas, primero más fuertes, luego más leves. Los gemidos son irregulares hasta hacerse cada vez más largos y sostenidos. Terminas. Me apartas, agotada, dulce, gimiente, temblorosa. Luego cuando sientes mi rostro cerca del tuyo, lo acaricias sin abrir los ojos.

No me perdonas tu entrega. Me volteas sin apuro, sé lo que quieres, mis rodillas y mis codos van a la cama. Me arqueo y gimo, te duele, no, quizás duela un poco, te hincas, te afincas, sí, duele un poco, jadeo mientras el orgasmo tiembla en el vientre. Recuesto la cara de la cama, completamente invadida. A los orgasmos leves ya ocurridos sucederían las sacudidas mayores. Tus dedos me sacan un gemido profundo y visceral, un orgasmo pleno de espasmos. Estamos cansadas pero unos minutos después estás delante de mí, te sujeto por la nuca, te beso, mi dedo te acaricia tu orificio más secreto de modo clemente y tierno, tus muslos están abiertos, tocas tu clítoris con tu dedo medio derecho. Quiero ver tus gestos mientras tienes otro orgasmo. Te recuesto en la cama, te penetro con la mano derecha y sigo la ruta hacia el vientre, muevo los dedos hacia arriba, presionando. Mi mano izquierda en tu nuca está jalándote hacia abajo, los ojos negros te brillan, enrojeces hasta el cuello, aceptas el placer que te doy ¿por soledad, por necesidad, por el pasado, por amor? Esa humedad que facilita el deslizarse de mi mano dentro de ti es un regalo que me haces. Acaricio tu clítoris con el pulgar: tus ojos negros se abren todavía más, las pupilas dilatan, parpadeas, frunces levemente el entrecejo; es la cara de dolor leve del placer extremo, veo tus dientes, tu lengua rosada. Me miras como extrañada, con secreta rebeldía, gritas ahogadamente, culminas.

Luego tu lengua afilada y rápida extrae mi último orgasmo casi al borde del desmayo.

En la mañana me despierto abrazada por ti, tu frente está en mi nuca.

Te pregunto: ¿y ahora qué pasará con nosotras?

No contestas.

¿De verdad estarás dormida?

Gisela Kozak Rovero nació en Caracas, Venezuela, en 1963. Egresada en Letras, con posgrado y doctorado en Literatura latinoamericana y en Letras, y profesora en la Universidad Central de Venezuela (UCV), es ensayista y narradora. Ha publicado: Rebelión en el Caribe Hispánico. Urbes e historias más allá de boom y la postmodernidad (1993); La catástrofe imaginaria (1998); Venezuela, el país que siempre nace (2008); Pecados de la capital y otras historias (2005); Latidos de Caracas (2006). Premio Bienal de Narrativa Armas Alfonzo con su colección de cuentos Pecados de la capital (1997).

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Editor: Monzantg // Comuníquese con nosotros: revistapaisportatil@gmail.com

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