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Antropología, Género, Literatura

El sujeto «mujer lesbiana»

Dos mujeres, Pablo PicassoGisela Kozak Rovero
Caracas, 2011
¿Se estudia la mujer lesbiana? Podemos estudiar la representación de la mujer lesbiana en una novela o en una serie televisiva estadounidense como «Mundo Lésbico», pero también es posible analizar las distintas visiones del sujeto mujer lesbiana en campos…

¿Se estudia la mujer lesbiana?
Sí, la mujer lesbiana se estudia puesto que existen publicaciones, congresos y hasta departamentos universitarios que se ocupan del tema. Ahora bien, pensar en el estudio de las representaciones del sujeto «mujer lesbiana» supone que un género y una sexualidad específicas puede convertirse en objeto de conocimiento. Tal conocimiento requiere de un marco teórico-metodológico adecuado que responda a las características particulares del corpus a estudiar: literatura, historias de vida, artes visuales, medios de comunicación, espectáculos, cine, televisión y, por supuesto, las representaciones provenientes de los discursos disciplinarios como historia, economía, psiquiatría, psicología, antropología, sociología, politología. En otras palabras, podemos estudiar la representación de la mujer lesbiana en una novela o en una serie televisiva estadounidense como «Mundo Lésbico», pero también es posible analizar las distintas visiones del sujeto mujer lesbiana en campos, por ejemplo, como el de la psicología y la siquiatría, disciplinas que comenzaron descalificando la sexualidad lésbica por patológica e infantil, pero que han cambiado, en parte, de orientación.

Visto así, el abordaje tiene que ser multidisciplinario, pues la literatura, por poner un caso, requiere de un instrumental teórico refinado para analizarla en profundidad y lo mismo funciona para el cine o las artes visuales. Pero, además, la perspectiva teórica, el conjunto de nociones que servirán de punto de partida para el estudio (sexo, género, sexualidad, clase, etnia, ideología, política, patriarcado), se alimentan de y atraviesan las ciencias sociales, la medicina, la psicología, la crítica de la cultura y los estudios de género en las distintas articulaciones ofrecidas por la práctica y la teoría feminista.

Se trata, pues, de teorizaciones de carácter transdisciplinario. Estas articulaciones diversas del feminismo pueden ser de orientación sicoanalítica, marxista, semiótica o postestructucturalista al estilo de Judit Butler, exponente de una línea de pensamiento emparentada con el pensamiento de Jacques Derrida y de Michel Foucault. Otras alianzas posibles son las establecidas con la Teoría «Queer» estadounidense, los Estudios de gays y de lesbianas, los Estudios Subalternos en la línea de Gayatrik Spivak, la Crítica Cultural latinoamericana (Nelly Richard, Beatriz Sarlo) y los Estudios Culturales, básicamente en la línea adelantada por la escuela inglesa de Birmingham, Inglaterra. La orientación liberadora de estos estudios es evidente, pues se trata de visibilizar a la mujer lesbiana como sujeto político y entender la connatural multiplicidad de sus expresiones como tal.

Este panorama se ve alentador y ordenado, pero no pasa de una descripción que no trasluce el problema fundamental al momento de plantearse el estudio de las representaciones de la mujer lesbiana. Probablemente una propuesta de estudio debería aspirar a tan clara definición de sus bases y metas, pero en nuestro caso nos encontramos con que el sujeto «mujer lesbiana» no es una categoría admitida sin inconvenientes, pues las nociones «mujer», «lesbiana», «representación», «sujeto» e «identidad», por no hablar de «conocimiento», son campo de polémica y discusiones interminables, no solo dentro de la academia sino fuera de ella, en la arena política pública. Las diferencias económicas, sociales, culturales, étnicas y políticas existentes entre mujeres que se reconocen a sí mismas como lesbianas responden a la extrema dificultad de pensarlas en términos de una categoría universal, dada por una orientación sexual que las constituye como sujeto unitario frente al patriarcado.

El objetivo de este trabajo es establecer algunas líneas de orientación y debate respecto al sujeto «mujer lesbiana» en tanto objeto de estudio. Para este fin:

a)  Se indagará en las diversas posiciones dentro del feminismo respecto a nociones como «mujer» y «lesbiana».

b)  A partir de esta indagación se ofrecerá un punto de partida provisional respecto al sujeto «mujer lesbiana».

c)  Se planteará el surgimiento, funcionamiento y consecuencias políticas de la representación del sujeto «mujer lesbiana» como categoría de identidad de carácter contingente y como objeto de estudio.

¿Existe un objeto de estudio llamado «mujer lesbiana»?
No es posible hablar de la mujer lesbiana como sujeto unitario y transcultural igual en todas las culturas, tiempos, sociedades y situaciones. Como indica el siempre citado Michel Foucault en Historia de la sexualidad, la emergencia del homosexual como sujeto cuya sexualidad condiciona su estar en el mundo desde el punto de vista síquico, social y cultural es una creación del discurso médico del siglo XIX (Foucault, 1998: 29); antes de esta inflexión existían actos homosexuales, no homosexuales como sujetos unitarios definidos, repito, por sus actos íntimos. El emperador Julio César no era un «afeminado» a pesar de practicar sexo con hombres; Oscar Wilde sí.

¿A qué me refiero entonces con «sujeto mujer lesbiana»? Para Derrida, Butler y Foucault es imposible escapar de la representación, pues es el campo de poder que, según estos influyentes pensadores postestructuralistas, conforma las subjetividades y los sujetos políticos. Visto así, cuando hablamos de mujer lesbiana estamos hablando de un sujeto cuyo conjunto de posiciones posee unidad relativa y contingente; estamos hablando, finalmente, de un sujeto del feminismo y activismo lésbico, creados, según Judit Butler (1999:27), por el mismo sistema político-jurídico y la misma economía sexual que se quiere cambiar. En otras palabras, cuando analizamos la representación de la lesbiana en una novela, por ejemplo, la imagen que analizamos no es la «verdad» revelada sobre la mujer lesbiana, sino una de las posibles maneras de construir el sujeto mujer lesbiana dentro de las relaciones de poder existentes, las cuales condicionan la aprehensión del otro en términos de sus actos sexuales.

¿Sería más adecuado referirnos entonces a representaciones múltiples del sujeto «mujer lesbiana»? Podría tratarse de la mujer lesbiana negra estadounidense o brasileña, pobres o tal vez diputadas; de la lesbiana feminista blanca profesora universitaria, como me llamó una lesbiana indígena boliviana y pobre en un encuentro internacional. Caben las lesbianas profesionales mexicanas que ocultan su sexualidad o las indígenas ecuatorianas que también deben hacerlo, pero en condiciones distintas. ¿Y las dominicanas que tienen aventuras sexuales ocasionales o las venezolanas que estuvieron casadas y tienen hijos? Pero, además, ¿por qué insistir en «mujer lesbiana» y no simplemente en la palabra «lesbiana» que se supone e implica, en sí misma, la categoría mujer?

Es posible conformarse con la evidente y provisoria definición de que una mujer lesbiana es un ser que posee pechos, además de vagina y matriz de nacimiento; se contempla a sí misma como de género femenino y se relaciona desde el punto de vista sexual y amoroso con otras mujeres. Finalmente, esta situación y las desventajas que le son inherentes nos han llevado al feminismo y al activismo feminista-lésbico. ¿Además, no es el género el que nos hace inteligibles (Butler, 1999: 50) y, por lo tanto, podemos asumirlo esencialistamente desde un punto de vista estratégico con fines políticos y teóricos concretos? ¿Qué dice la teoría feminista al respecto?

Sujeto Mujer LesbianaLa segunda ola del feminismo en los años setenta retó lo que Sheila Jeffreys, en La herejía lesbiana: una perspectiva feminista de la revolución sexual lesbiana (1996: 11), describe como la definición sexológica del lesbianismo y amplió su significación hasta la constitución de un sujeto político feminista volcado hacia los vínculos y sororidades femeninos. En esta orientación tenemos los planteamientos de Adrianne Rich, en su ensayo «Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana» (2000: 188), y su propuesta del continuo lésbico en tanto la restauración del vínculo pre-simbólico (anterior al lenguaje) con la madre que nos lleva a reconocernos indefectiblemente unidas a las otras mujeres, sin caer en las trampas de la «heterosexualidad compulsiva» como marco regulatorio que define lo femenino en función de la institucionalidad heterosexual. Encontramos también a Monique Wittig (1977) y su texto sobre un cuerpo lesbiano fuera de las exigencias del modelo estético y reproductivo patriarcal. Este desmontaje ideológico y conceptual del patriarcado en términos de un sistema productor de opresión asentado no sólo en la institucionalidad y los comportamientos sociales sino en la racionalidad científico-técnica, en la heterosexualidad obligatoria y en el lenguaje mismo, ubica al lesbianismo como una «existencia» que trasciende el ejercicio concreto de la sexualidad y se convierte en una consumada forma de resistencia.

Esta definición del lesbianismo deja la categoría «mujer lesbiana» sin operatividad política puesto que subsume lesbianismo a feminismo y sabemos que entre las organizaciones feministas y las lésbicas en todo el mundo ha habido no pocas tensiones y desencuentros. La sexualidad, entonces, tiene su papel, entendida —desde luego— no solo como un conjunto de prácticas de carácter corporal, sino como una manifestación de la fuerza modeladora del género como medio de hacernos inteligibles en y para el mundo (Butler, 1999:50).

La tercera ola del feminismo, con Judit Butler a la cabeza y su libro fundador El género en disputa, deconstruye la categoría mujer lesbiana. Como ya indiqué, el sujeto mujer lesbiana comporta una doble dificultad porque implica dos categorías universalmente definidas por sus posiciones frente a un patriarcado también universal. Gayatrik Spivak (1987: 113) coincide con Judit Butler en que la comprensión del patriarcado debe entender la manifiesta pluralidad de sus manifestaciones, desde el punto de vista de las culturas y las múltiples posiciones de sujeto definidas por la clase, la raza, la nación, el género y la sexualidad que escapan a la exigencia política de un sujeto unitario como punto de vista para la organización y el cambio social. Cualquier definición de la mujer y la lesbiana peca, pues, de esencialismo al opacar la inevitable historicidad de categorías de identidad que no se despliegan desde el propio devenir de los sujetos políticamente definidos, sino desde las relaciones de poder que lo oprimen de diversas maneras. Se es leído, interpretado, entendido, clasificado y tratado como mujer, como mujer lesbiana, como lesbiana no mujer y la carga identitaria que esto significa puede ser el punto de la acción política, pero también su límite, pues conduce, como indica Butler (1999: 48), a las inevitables fragmentaciones y rupturas dentro del feminismo y del activismo lésbico dada la imposibilidad, repito, de un sujeto universal denominado mujer lesbiana. «Cuando el falo es lesbiano, es y no es una figura masculinista de poder; el significante está significativamente escindido, porque recuerda y desplaza el masculinismo que lo impulsa», indica Butler en Cuerpos que importan (2002: 140). La identidad solo puede ser contingente, un momento político de alianza porque ni los actos sexuales entre mujeres vistos desde esta perspectiva de desplazamiento, parodia y travestimiento del poder masculinistas pueden considerarse como prácticas anteriores y exteriores a la lógica significativa patriarcal sino, más bien, como prácticas deconstructivas que asumen la naturaleza histórica y contingente del patriarcado poniendo al desnudo esta contingencia con su simulación.

¿Es imposible entonces pensar en la mujer lesbiana como sujeto político y sujeto teórico y, por tanto, como noción estudiable en su contingencia histórica? Examinemos las ideas de Rosi Braidotti que, desde una perspectiva antiesencialista y no unitaria del sujeto mujer, asume la diferencia sexual como elemento no exclusivamente discursivo y rescata la noción de cuerpo de un modo distinto al feminismo de la diferencia (Braidotti 2004: 83). A diferencia de Butler, el género para Braidotti no subsume al sexo. Según esta autora la noción de género ha devenido en un postulado que propone que la feminidad y la masculinidad son simétricas en el sentido de ser una condición histórico-cultural desligada de la biología, olvidándose la asimetría de los sexos en cuanto a relaciones de poder y de la diferencia sexual como inevitable desde la perspectiva del lenguaje y el inconsciente. Para el patriarcado, una mujer para ser mujer debe ser madre y someterse a un ordenamiento en el que su entrada en el mundo de lo simbólico (en el lenguaje) se produce por la aceptación de su falta esencial como ser sin falo y por la negación de la madre; es decir, de sí misma en tanto semejante a ésta. Me interesa destacar que la autora piensa que las consecuencias de tal diferencia en su expresión patriarcal son rebatibles y, sobre todo, me interesa su rescate del cuerpo tal como se plantea en Sujetos nómades. Corporización y diferencia sexual en la teoría feminista contemporánea: «ni como una categoría biológica ni como una categoría sociológica, sino más bien como un punto de superposición entre lo físico, lo simbólico y lo sociológico» (Braidotti, 2000: 29-30).

Representación del sujeto mujer lesbiana
Asumo la posibilidad de entender la representación del sujeto mujer lesbiana visto como signo que puede ser estudiado desde la perspectiva de su productividad semiótica, desde las significaciones y re-significaciones que nos permite el lenguaje (Butler, 1999: 25-26; Prada Oropeza, 1999: 40). Sin duda alguna, la «mujer lesbiana» no es un sujeto universal ni trans-histórico, y hay que definirlo de acuerdo a tiempo y espacios concretos, pero lo que sí sabemos es que la opresión patriarcal ha conformado sujetos cuya existencia está marcada por discriminaciones políticas, sociales, económicas y culturales que ponen en peligro hasta la integridad personal. Por lo tanto, en las múltiples significaciones que la noción «mujer» acompañada del adjetivo «lesbiana» ha asumido en la historia de su devenir, encontramos la posibilidad del estudio de su representación.

Defino mujer en este contexto como el sujeto político del feminismo entendido como un movimiento orientado a la transformación de la sociedad patriarcal, dentro de la cual el sujeto mujer está en condición de desventaja económica, política, social y cultural. Dada esta circunstancia, es vital para la feminista lesbiana apropiarse de la categoría mujer, sujeto construido desde la opresión, para sus propios fines. La lesbiana sería un sujeto mujer cuya sexualidad y afectividad entran en tensión con la heteronormatividad patriarcal a consecuencia de lo cual sufre un doble sometimiento. Esta opresión significa que un sujeto mujer lesbiana puede sufrir consecuencias por serlo en contextos culturales e históricos distintos y que tal situación plantea una posibilidad de lucha mundializada, una forma de universalidad contingente desde el deseo de justicia, igualdad y libertad definidas con amplitud pues, sin duda, hay desacuerdos al respecto. La búsqueda de una noción de universalidad alternativa a la racionalidad científico-técnica pasa por estas alianzas, tal como plantea la propia Judit Butler en la conocida polémica con Ernesto Laclau y Slavoj Žižek, publicada bajo en nombre de Hegemonía, contingencia y universalidad.

Esta concepción del sujeto mujer lesbiana atiende al sexo biológico desde la perspectiva ya dicha de Braidotti, al género entendido como las relaciones de poder que conforman el horizonte de definición de lo deseable femenino (Butler, 1999:35-36) y la sexualidad como actos que implican al cuerpo desde relaciones de poder simbólica y sociológicamente definidas (Butler, 1999: 69-70). Sexo/género/sexualidad/exclusión heteronormativa conforman el horizonte de esta noción de sujeto mujer lesbiana como punto de partida para su estudio.

Si el sujeto es una construcción que atiende a las relaciones de poder, ¿dónde emerge la representación en cuanto vía de conocimiento de este sujeto y condición para su existencia misma? ¿Dónde en nuestro caso emergen las representaciones del sujeto mujer lesbiana? Si la representación funciona como «guión», como vía de contacto con el sujeto, como visibilización del mismo en el contexto de relaciones de poder, como sistema productor de sujetos (Butler, 1999: 25-27), cada mujer lesbiana hace suya una particular visión sociocultural sobre el afloramiento del interés por otras mujeres y desde allí se plantea diversas formas de existencia en el mundo desde esta perspectiva, lo cual implica una amplia gama de conductas y visiones ligadas a las relaciones sexo-afectivas entre mujeres.

El sujeto mujer lesbiana interpela diversamente a las individualidades desde la perspectiva de sus subjetividades y de sus múltiples configuraciones socioculturales. Por esta razón hay tantas representaciones de lo que convencionalmente puede conocerse como los actos entre mujeres que pueden ser interpretados como sexuales y desviados de la norma. La representación atiende a su carácter cultural y es definible como la construcción de sujetos en acción solo inteligibles desde el punto de vista histórico y cultural. Lo que determina el sentido que puede tener una representación de la mujer lesbiana no depende entonces de su relación con «estados de cosas» en un mundo real o posible, sino de su relación con la esfera de las representaciones mentales que poseemos como seres de sociedad y cultura (Prada Oropeza, 1999: 83).

Ahora bien, hablar de representaciones desde este punto de vista de la mujer lesbiana implica una amplia gama de posibilidades. El corpus posible podrían constituirse desde:

a)  Representaciones estéticas de tema lésbico que responden a formas de leer, escribir y construir un sujeto reconocido como lésbico desde una autoría construida también como lésbica: En breve cárcel, de Silvya Molloy, por ejemplo, o los textos de carácter testimonial, las memorias y las autobiografías. Seleccionar este tipo de representación implica aceptar (o no) que las contingencias biográficas históricas y culturales de una autora lesbiana podrían convertirse en exploraciones productivas de las que emerjan significados nuevos alrededor y dentro de esa categoría llamada «mujer lesbiana». Hablo aquí, pues, de la productividad discursiva y política de asumir la posibilidad de la (auto)representación, pero sin ingenuidades respecto a que este tipo de representación está avalada en su «verdad» por la experiencia.

b)  Otra posibilidad la tenemos en constituir como corpus las fascinantes discusiones sobre la posibilidad de una crítica, lectura y escritura lésbica, tan importantes en los años setenta y deudoras de éstas. Por ejemplo, las propuestas de escritura libertaria de Helene Cisoux o Luce Irigaray con sus correspondientes recusaciones son representaciones de sujetos femeninos con características específicas ¿Responderá El cuerpo lesbiano, de Monique Wittig, a estas propuestas? ¿Se puede escribir, pensar, leer y analizar desde el cuerpo lesbiano o se estará incurriendo en el esencialismo propio del feminismo de la diferencia? Aunque pareciera «pasado de moda», este debate es productivo porque abre posibilidades de creación.

c)  Los debates sobre la corrección política relacionados con las múltiples representaciones de prácticas identificadas con el lesbianismo. Aquí caben libros como Bilitis, de Pierre Louys, el discurso pornográfico en sus diversas manifestaciones, la extensa parafernalia estereotipada de la industria cultural, y los textos de divulgación científica. ¿Puede plantearse que las representaciones del sujeto mujer lesbiana son «buenas», «malas», «distorsionantes»? ¿Cuál instancia garantiza la «veracidad», que no la verosimilitud, del texto? ¿El lesbianismo de su autora o la «fidelidad» del autor o autora no lésbica a la realidad? ¿Por qué mantenemos con los productos culturales una visión que recuerda a la mimesis planteada por Aristóteles en la Poética como imitación de las acciones humanas vistas como «naturaleza» cuando estamos en plena era posestructuralista y no deberían abordarse desde la perspectiva de su «acuerdo» con la realidad? (Derrida, 1989: 86). ¿Es la experiencia la que sustenta un texto como lésbico? ¿La experiencia corporal? ¿Acaso ésta no está constituida desde la cultura y se hace inteligible por ella? (Scott, 1999).

d) Por último, la representación en los discursos de las disciplinas: psiquiatría, psicología, psicoanálisis, historia, antropología, economía, politología, filosofía, etc.

Estudio multi y transdisciplinario
El estudio necesariamente tiene entonces que ser multidisciplinario (crítica de arte y literatura, análisis de la comunicación, psicoanálisis, sicología, psiquiatría, derecho, politología, filosofía, estudios de la mujer, historia, antropología, medicina), pues requiere de niveles de especialización y análisis que responden a la formación rigurosa en estas áreas, pero la perspectiva teórica que sustente tales estudios tiene que ser transdisciplinaria. El feminismo ha corregido y replanteado todos los ámbitos académicos y se ha convertido en un fuerte discurso emergente que se ha hecho presente en instancias de poder estatal, económico, político, educativo y social con todos los inconvenientes y problemas reconocidos. Dada esta situación, el objeto de estudio sujeto mujer lesbiana se construye en la intersección de las disciplinas que trabajan con la sique, la reflexión sobre la sociedad, la socialización y el cambio social, el quehacer humano en su contingencia, la reflexión sobre el sujeto político, la situación de la mujer en el orden patriarcal, el estudio del cuerpo y el derecho como ordenamiento colectivo.

Representación y política
La representación es capaz de transformar los significados y eso tiene efecto político. Todo lenguaje (artístico, ficcional, poético, teórico) modifica y produce signos cuya lectura es un acto también de creación y transformación. Por lo tanto, el estudio de las representaciones y el estímulo a su emergencia y posibilidad contribuye a varios objetivos políticos fundamentales:

a) Visibilizar el conjunto de prácticas sociales diversas y divergentes (sexuales, políticas, culturales) que posibilitan la lectura, la reflexión y la escritura desde y para la categoría mujer lesbiana.

b) Propiciar a través de la reflexión política, teórica y cultural la proliferación de escrituras, teorías y discursos que tengan como protagonista las prácticas asociadas con la palabra lesbianismo.

c) Continuar en la construcción del canon lesbiano en las distintas áreas de la actividad colectiva (estética, política, historia, ciencia, etc.).

d)  Seguir luchando contra la existencia de la dicotomía academia-activismo. Sin el estudio, representación y reconocimiento de las múltiples prácticas sociales asociadas al lesbianismo, el activismo, el quehacer político partidista y las organizaciones de carácter lésbico que trabajan con derechos humanos, educación y asesoría pierden el horizonte del sujeto político cuya situación social quieren cambiar. Existen lesbianas indígenas marxistas y anticapitalistas, pero también cristianas y socialdemócratas. Existen lesbianas «mestizas» o «blancas» marxistas, socialdemócratas, liberales cuya orientación sexual enlaza de modo contingente con divergentes posiciones político-ideológicas. Hay que estudiar todas estas prácticas y modos de estar en el mundo.

e)  El reconocimiento de que la amplia constelación de deseos y aspiraciones que se esconden detrás de palabras de amplia y distinta significación política como igualdad, libertad, derechos, pareja, sexualidad, ética, moral, cultural, activismo, clase, raza, género, teoría, práctica, democracia, capitalismo, socialismo forman parte del ejercicio mismo de la democracia, no solo como sistema político concreto sino como pasión y deseo.

Termino con una cita de Beatriz Gimeno en «El armario como coartada» (2008: 1): La visibilidad no es únicamente el deseo de ser vista o reconocida; visibilidad significa existencia. Lo que no es visible no existe y lo que no existe queda fuera del ámbito de la ciudadanía reconocida. La ciudadanía es el ámbito político ocupado al principio únicamente por varones blancos, heterosexuales, de clase media, etc. Después, tras largas luchas, se van incorporando mujeres blancas, heterosexuales y de clase media; poco a poco se van incorporando algunos gays. Nosotras seguimos fuera. La discriminación que gays y lesbianas hemos sufrido, y en parte sufrimos, tiene su origen precisamente en la exclusión de la existencia pública, en la invisibilización, en la negación de nuestro lugar bajo el sol. El rechazo de estas existencias, significa el rechazo de la existencia legítima y pública de los sujetos homosexuales (del lesbianismo especialmente) lo que nos convierte fácilmente en objeto de cualquier injusticia y, en muchas partes del mundo, en víctimas de agresiones o asesinatos. Estar fuera del ámbito de la ciudadanía significa estar fuera del ámbito de la política, del lugar donde se dirimen los derechos y la justicia social. Es confinarnos al ámbito privado, pero cómo feministas… ¿No decíamos que lo privado es político? Que lo privado es político quiere decir, entre otras cosas, que consideramos que la configuración de la subjetividad femenina es una cuestión clave que conforma el sustrato de la posición ocupada por las mujeres en la vida social y política, que guarda relación con las vivencias más profundas de las mujeres.

Referencias
• Adrienne Rich. 2000. «La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana». Marysa Navarro y Catherine R. Stimpson (comp.). Sexualidad, género y roles sexuales. México: Fondo de Cultura Económica. pp159-211
• Braidotti, Rosi. 2000. Sujetos nómades. Corporización y diferencia sexual en la teoría feminista contemporánea. Buenos Aires: Paidós.
• Braidotti, Rosi. 2004. «El feminismo con cualquier otro nombre». En: Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Barcelona: Gedisa. pp. 69-106.
• Butler, Judith. «Sujetos de sexo/género/deseo». En: Feminismos literarios. Madrid: Arco Libros, 1999. pp. 25-76.
• Butler, Judith. 2002. Cuerpos que importan. Buenos Aires: Paidós.
• Butler, Judith. Ernesto Laclau y Slavoj Žižek. 2000. Contingencia, hegemonía, universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda. México: Fondo de Cultura Económica.
• Derrida, Jacques. 1989. «Envío». En: Deconstrucción en las fronteras de la filosofía: la retirada de la metáfora. Barcelona: Paidós. pp. 77-122.
• Foucault, Michel. 1998. Historia de la sexualidad. La voluntad de saber (1). México: Siglo Veintiuno.
• Gimeno, Beatriz. 2008 «El armario como coartada». http://www.ciudaddemujeres.com/articulos/El-armario-comocoartada.pdf
• Jeffreys, Sheila. 1996. La herejía lesbiana: una perspectiva feminista de la revolución sexual lesbiana. Madrid: Cátedra.
• Prada Oropeza, Renato. 1999. Literatura y realidad. México: Fondo de Cultura Económica, Universidad Veracruzana.
• Scott, Joan W. 1999. «La experiencia como prueba». En: Feminismos literarios. Madrid: Arco Libros. pp. 77-112.
• Spivak, Gayatri. 1987. «Explanation and Culture: Marginalia». En: In other Worlds: Essays in Culture Politics. Nueva York: Routledge.
• Wittig, Monique. 1977. El cuerpo lesbiano. Valencia: Pre-Textos.

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