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Ensayo

El futuro es mujer

Eugenio Trias
Diario El Mundo

Es falso el dicho popular «sólo se vive una vez». Todos (usted lector, yo mismo) hemos vivido dos vidas. De la primera apenas guardamos memoria, si bien el sesgo que adoptó determina nuestro carácter y destino. La segunda tiene fecha de caducidad, pero no sabemos el día ni la hora. La primera se desarrolló a plazo fijo: siete, ocho, nueve meses. La segunda irradia a la luz del sol, en plena intemperie atmosférica. Sólo de ella debe decirse que su hábitat es el mundo, el cosmos.

La frase existencialista (Heidegger, Sartre) «ser en el mundo», con la cual definen estos pensadores la «existencia», corresponde tan sólo a esa segunda vida. Existencia significa, en su etimología, «ser fuera de las causas», sistere extra causas. Insisten estos pensadores en la naturaleza arrojada al mundo de todo aquél que se reconoce como un humano existente. Hablan, por tanto, en sentido laico y secular, de «caída» (Albert Camus, Martin Heidegger). Pero lo que sorprende en esos filósofos es ese íncipit dogmático que introducen en esta vida: no existe para ellos ninguna vida antecedente. Y eso es una rotunda falsedad; una gran insuficiencia filosófica.

Hemos sido arrojados a esta vida a través de un complejo proceso, y mediante un recorrido que culmina con la ruptura del cordón umbilical. Esos filósofos de la existencia ignoraron por completo esa vida preexistente.

En este punto el viejo Platón les vence en la lid filosófica con contundencia. Pues sabía que esta vida era, en gran medida, el ámbito en el cual se nos ofrece la gran tarea del conocimiento. Y éste es, sobre todo, conocimiento de sí, en sentido délfico y socrático. Conocerse es reconocerse. Y por lo mismo recordar, ejercer la facultad de la reminiscencia, agitar las aguas calmas de ese «río del Olvido» que atravesamos al nacer. Se trata, por tanto, de descubrir, a través de la compañía de eros (y de la música) nuestra raíz originaria, o la vida anterior a esta vida en la que se incubó nuestro ser. Pensó en forma de relato razonable, o mito verosímil, esa idea: en la narración de Er del libro décimo -final- de la República.

En cierto modo aproximarse al fin es también retroceder al origen. Volver al seno materno. Y allí las parcas deciden nuestro carácter. También nuestro destino. Y son las sirenas (según Platón), apostadas sobre los tonos principales del universo astral, las que acompasan musicalmente ese destino. Y es que la primera percepción existente en el embrión humano es la audición, la escucha.

Una embriología o ginecología filosófica conduce, por necesidad, a un encuentro con la música. La música es voz materna filtrada por vía acuática, a través del líquido amniótico. Tenía razón Tales de Mileto: todo surge, nace, procede del elemento líquido. El agua es el medio a través del cual surge el primer conato perceptivo. La música posee, por tanto, cierta prerrogativa sobre las artes plásticas: en la ceguera de la vida intrauterina despunta en los primeros meses del embrión ese germen inicial del canto de las sirenas. Eso conduce siempre a la reflexión hacia el hábitat -arquitectónico, urbanístico- en donde los eventos de esa primera vida acontecen. Música y arquitectura son, por esta razón, artes pre-liminares.

Eso concede al cuerpo femenino, en su condición maternal latente o potencial, una preeminencia ontológica. Cuerpo y alma, cuerpo y espíritu nacen y se despliegan en ese vivero de vida futura que es la cueva intrauterina. Con perspicacia eligieron como recinto de lo sagrado nuestros primeros ancestros cuevas y cavernas: ámbitos cuya resonancia musical se pondera en los últimos tiempos. Tal fue el santuario de la prehistoria (en Pech-Merle, en Lascaux, en Altamira). La matriz, la Magna Mater, es siempre el primer principio. Es siempre pre-liminar: lo que antecede al mundo, al cosmos. Lo anterior a eso que Heidegger, Sartre, Camus llaman «existencia».

Tenía razón Marco Ferrero: Il futuro è donna (película de 1984). Y es mujer el futuro por la misma razón que es siempre mujer el origen. La filosofía que busca el inicio, el arjé prôta, siempre termina encontrándose con el cuerpo femenino. La mujer embarazada, por lo mismo, constituye la quintaesencia del carácter siempre digno de respeto de toda persona humana. La mujer, si quiere dejar de ser espíritu traslúcido, ha de crear las condiciones de que su cuerpo embarazado proyecte sombra. Erguida por el estado de buena esperanza se convierte en instrumento musical. Quizás en violoncello viviente. La columna vertebral, la pelvis, constituyen transmisores de esa voz mezzo o soprano que se transmite en el útero por vía acuática, a través del líquido amniótico.

«¿Cómo no voy a llorar -dice el halcón rojo en una de las mejores óperas del pasado siglo, La mujer sin sombra, de Richard Strauss-Hugo von Hofmannstahl, un verdadero canto a la fecundidad y a la esperanza- si la emperatriz no proyecta sombra, y el emperador se volverá piedra?». Sólo en la mujer se consuma el principio de la encarnación, el que concede al cristianismo gran significación ontológica y teológica. Por eso el binomio Eva-María es, posiblemente, el gran novum de una de las más elaboradas de todas las creencias religiosas existentes.

El cristianismo apela a la inteligencia (y no tan sólo a la emoción o a la necesidad de relatos, mitos). El gran haber del cristianismo es, justamente, su teología. Sólo en países con escasa sensibilidad hacia los frutos de la inteligencia se desconfía perpetuamente de esos modos de religión que hablan a la mejor de nuestras facultades.

Una de las grandes necedades del Vaticano II fue dejar la mariología abandonada en manos reaccionarias, siendo como fue siempre casi el único activo católico frente al protestantismo (luterano, calvinista). Pero en plena inconsecuencia con la tradición mariana -que remonta a la Edad Media, a Bernardo de Claraval, a Duns Scoto- ese colectivo vaticano vació de contenido la mariología. No ha sabido, además, renovar sus estructuras jerárquicas: debiera a estas alturas haber sacerdotes, obispos, cardenales, posibles pontífices femeninos.

La miopía eclesiástica respecto a la sexualidad, a lo específico de la vida femenina, a todos esos temas que lastran con plomo reaccionario su ideario de «moral cristiana» son los principales responsables de eso que advierten por todas partes: la «descristianización».

En lugar de concentrarse en el negocio de la salvación, y dejar a la moral laica la resolución de las cuestiones relativas a la sexualidad, al embarazo libre y electivo, o a la buena muerte, persisten con terca porfía en esos temas que les distancia cada vez más del sentir más extendido de la comunidad actual.

Eso da pie a la gran falacia de quienes, apoyados en esa injerencia moral de la Iglesia católica en la vida cívica, rechazan a río revuelto toda religión; también el cristianismo. Pero hoy como ayer se puede perfectamente ser cristiano sin adscribirse por necesidad al colectivo eclesiástico; y sin tener que aceptar la estrecha regla de moral sexual -o relativa al buen morir- que impera en los sectores más reaccionarios de la Iglesia vaticana.

El mayo del 68 que ahora se conmemora -median ya 40 años- fue, en mi opinión, un evento importantísimo, siempre que no lo circunscribamos de manera provinciana a Francia. Fue relevante en California, en Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Alemania; también, desde luego, en Francia. Incluso lo fue en España, a pesar del franquismo.

Se asistió durante toda la segunda mitad de los renovadores años 60 a una verdadera revolución, la única que ha tenido éxito y fecundidad en todas las que se realizaron en el siglo XX. Frente al fracaso trágico de las revoluciones marxistas, que terminaron en terribles tiranías burocráticas, ya previstas y adivinadas por Franz Kafka; frente a tanto socialismo real miserable, represor y asesino, de pronto sobrevino una nueva convicción filosófica y política (y hasta un nuevo paradigma sobre lo que de verdad es revolucionario). Freud ganó la partida a Marx. Lacan a Althusser. Herbert Marcuse y Norman Brown a Garaudy o a Della Volpe. La Escuela de Frankfurt venció al estrecho marxismo oficial.

Mucho más importante que propiciar una revolución económico-social, culminada en un cambio en la súper-estructura política, era conmover el secular, milenario, atávico edificio de la sociedad patriarcal, y el reparto de roles sexuales, o de dominación y servidumbre, entre hombre y mujer. Se inició lo que hoy mismo se halla en pleno auge y progreso: la paulatina e irreversible igualdad entre los dos sexos, la necesaria libertad en referencia a todas las opciones sexuales.

Frente a quienes persisten en promover -en manifestaciones- lo que llaman «familia cristiana», se trata de celebrar la igualdad en el terreno en el que este término se alía decididamente con la libertad. Y en este punto coincido con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre: éste es el siglo de la mujer, y ha sido un acierto del presidente de la Nación, José Luis Rodríguez Zapatero, promover un equilibrio entre hombres y mujeres en su Gobierno, culminado con el gran golpe de efecto (pedagogía de gran estilo): situar a una mujer joven, embarazada, catalana, con buena cabeza política, Carme Chacón, al frente del Ministerio del Ejército.

Si esta mujer obtuvo el triunfo que acreditó su buen hacer político en las pasadas elecciones no fue únicamente por la captación de un voto del miedo ante el posible retorno del Partido Popular al poder. Ni tampoco por una «derechización» del electorado. La verdad es otra: el votante eventual de la izquierda independentista, o de los comunistas verdes, descubrió el nivel de irresponsabilidad de estas formaciones. Tuvo cuatro años largos para comprobarlo. Fue un acto colectivo de sentido común dejar el infantilismo político -independentista o izquierdista- en la cuneta. En estas elecciones los nacionalismos periféricos se estancaron o retrocedieron. Las formaciones españolas, de centroderecha o de centroizquierda, ascendieron de forma espectacular. Este país es muy sólido: no se descuartiza.

Venció el que supo rectificar a tiempo. Puso remedio en el último año a los errores múltiples que había cometido: la unilateral reforma de los estatutos de autonomía, las negociaciones (sin consenso con la oposición) con la banda terrorista. Pero el Partido Popular no cambió su equivocada estrategia. En ningún momento modificó una suerte de oposición global sin matiz ni discernimiento, o de permanente enmienda a la totalidad.

Fue un error del Gobierno anterior de Zapatero arrinconar al partido del centroderecha (a partir del tristemente célebre Pacto del Tinell). O creer que se podía marginar a un partido con implantación en media España. O escenificar y recordar -una y otra vez- su helada soledad. Pero peor fue la ingenua y obtusa reacción de la formación popular: situarse en todas las cuestiones, internas y externas, familiares y sociales, políticas y sexuales, en una frontal oposición con el Gobierno, cayendo en todas las trampas que éste le tendió.

La formación popular no puede ignorar por más tiempo que existe el centro político. Estas elecciones, con el ascenso y aumento cuantitativo y cualitativo de ambos partidos, consagra, con el bipartidismo, la cancelación del falaz lema de que «España se rompe». Esto hoy sólo puede decirse a partir de un sostenella y no enmendalla al que la derecha más agreste tiene inclinación.

No se despieza España. Y la prueba de ello es que una mujer joven, catalana, embarazada, socialista, con talento político, sabe pronunciar un Viva España, Viva el Rey que muestra y demuestra la solidez de este país. No se trata de computar la longitud de onda de esas exclamaciones en boca de nuestra flamante ministra. Eso es pura mezquindad.

Esta ministra constituye el símbolo encarnado de ese Siglo de la Mujer que marca el sentido y el destino de la principal revolución que tuvo lugar el pasado siglo, y que se escenificó en muchos lugares hace ahora 40 años. Hoy existe un baremo exacto, aunque no exclusivo, para ponderar el progreso y la reacción de una comunidad: el modo en que en una sociedad, o en las individualidades que la forman, se respeta el cuerpo, el alma y el espíritu femenino.

Eugenio Trías nació en 1942, en Barcelona, España. Filósofo.

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