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Ensayo, Historia inmediata, Política

Entre la ira y la indignación

Entre la ira y la indignaciónÁngel Lombardi
Maracaibo, Junio-Julio 2011
La revolución prometida

Vamos a aceptar la premisa según la cual el actual proyecto político en curso desde 1998 en Venezuela —y que ha copado el gobierno y los poderes públicos— es un proyecto revolucionario, tal como lo proclaman sus representantes y beneficiarios. Es decir, que existen la voluntad y el propósito de fundar un «nuevo orden» como lo fue, en su momento, la revolución bolchevique en la Unión Soviética, en 1917, y, entre nosotros, la Cuba castrista de 1959.

El mismo propósito y la misma intención de fundar un orden nuevo, aunque de naturaleza diferente, fue proclamado por Mussolini y el fascismo italiano, en 1922; Hitler y el nazismo alemán, en 1933; y ese epígono ibérico de Francisco Franco y su falangismo en España, en 1939. Transcurrido un siglo del inicio de estos procesos, es posible y necesaria una evaluación histórica y crítica de estos acontecimientos.

La Unión Soviética ya no existe y de su ceniza queda una Rusia maltrecha y restaurada en sus tradiciones. Cuba es un fracaso a la vista, de inminente colapso, reconocido por el propio Fidel Castro en un arranque de sinceridad senil y, de alguna manera, por el propio Raúl Castro con su plan de reformas «capitalistas», con la única intención de ganar tiempo y conservar el poder para la gerontocracia cubana. Italia y Alemania abominan de su pasado nazi-fascista y han practicado, con relativo éxito, la amnesia histórica. En España, Franco, en progresivo olvido, solo es recordado como un demonio y un fantasma de una pesadilla que todos quieren olvidar.

En Venezuela, 12 años después de una proclamada revolución, el «hombre nuevo» y un «nuevo orden» no aparecen por ningún lado. Lo que se observa es el viejo populismo latinoamericano y vernáculo, y la corrupción de siempre; en nuestro caso alimentado por una generosa y abundante renta petrolera. La «revolución» prometida es, apenas, un discurso y sigue siendo una promesa más cercana a una fantasía tropical o a nuestro publicitado «realismo mágico» de la literatura.

Seguimos siendo, hoy más que nunca, un país fuertemente condicionado por el ingreso petrolero —casi nuestro único ingreso— y seguimos dilapidando recursos y oportunidades, mientras una pobreza generalizada nos sigue acompañando en un deterioro visible de infraestructura, servicios y calidad de vida. En un empeño suicida de seguir en el subdesarrollo, y en transitar caminos como el comunismo y el fascismo derrotados de manera clara y definitiva por la historia.

Política, compasión y temor

En términos políticos no existe la posibilidad de la liberación solamente por el discurso, como se evidenció en la filosofía política del siglo xviii cuando —en la fragua del pensamiento revolucionario de la época, y particularmente de autores como Jean-Jacques Rousseau, por un lado— se expresaba compasión por la condiciones de vida de unos y, al mismo tiempo, se generaba temor en el sector dominante de la sociedad.

Temor y compasión es el discurso del poder y del contrapoder, que termina anulando las posibilidades del diálogo y, en consecuencia, nos conduce a un estado de barbarie inevitable. Un sector de la sociedad, al desconocer a otro sector de la sociedad, y considerarlo su enemigo, termina predicando y practicando la inhumanidad. No otra cosa fue la llamada lucha de clases.

La pobreza y los pobres no son de hoy. Siempre han existido. Pero, para no ir muy lejos, en el siglo xviii europeo eran identificados como «los desdichados»; en el xix como «los miserables», y en el xx —quizá el término más generalizado— como «los explotados», marginales y excluidos, o, como dijera el autor mejicano Mariano Azuela, «los de abajo». Seres humanos reales, literariamente identificados y políticamente movilizados.

La revolución francesa de 1789 fue, cronológicamente, la primera revolución moderna movilizadora de masas con un programa definido de identificación humana universal, a través de la declaración de los derechos humanos y ciudadanos. Se partía del conocimiento explícito de que todos somos seres humanos, todos nos reconocemos en todos. De allí el concepto de fraternidad, de fuerte reminiscencias cristianas y roussonianas.

Pero sólo en el siglo xx podemos hablar con propiedad, y de manera universal, de humanidad y fraternidad acompañados del concepto y propósito de redención social y liberación económica, y en el cual el discurso revolucionario abreva, terminando, siempre, en fantasía o promesa incumplida.

Debido a esta insuficiencia filosófica y doctrinaria, las revoluciones terminaron en fracaso. Ninguna revolución se sostiene ni en el discurso ni en el carisma de un líder. De manera inevitable —además de la alienación ideológica—, terminan en represión y control judicial y policial, configurando un régimen dictatorial y totalitario.

«La marcha de la locura»

Es el título de un libro de la historiadora norteamericana Bárbara W. Tuchman. Tuchman sostiene la tesis, y da algunos ejemplos, de cómo la locura y lo irracional pueden gobernar la historia y determinar hechos y circunstancias fundamentales, como por ejemplo la destrucción de Troya, La Reforma protestante, la pérdida de las Colonias norteamericanas y la guerra de Vietnam.

Contra toda razón, en la política, el poder y el gobierno, es una constante la presencia de individuos no preparados para el ejercicio del cargo y cuyas locuras pagan muy caro sus sociedades, cómplices, a su vez, de esos mismos desvaríos. Es un problema de carácter y de moral, individual y colectiva.

Sólo sociedades extraviadas, confundidas y enfermas, propician y permiten estas individualidades egolátricas y narcisistas. El autócrata siempre ha estado presente en la historia, en forma de ambición desmedida y codicia; rodeado de personas y grupos arribistas. Cortesanos y adulantes que aíslan al autócrata de la realidad y le hacen creer que es único y superior. Este servilismo se genera y engendra desde el interés y el temor.

Dice Bárbara W. Tuchman que «La locura, en uno de sus aspectos, es el apego obstinado a un mal objetivo… y los hechos tienden a sucederse fuera de toda razón». Así, los troyanos, después de resistir 10 años el asedio griego sucumben de manera irracional —pese a las advertencias— al traicionero caballo de Troya. Igual los gobiernos ingleses que propiciaron y facilitaron la independencia norteamericana; o la insensatez de varios gobiernos norteamericanos que, contra toda razón, se embarcaron en la aventura bélica de Vietnam. En fin, Erasmo tenía razón al hacer el «elogio a la locura», acompañante inseparable de la humanidad.

En los últimos tiempos, nos ha tocado presenciar cualquier tipo de locura, tanto mundial como nacional. Estamos hablando de conductas frecuentes y reiteradas «de gobiernos sin sabiduría», cuya soberbia por el poder se conjuga con la ignorancia y la obcecación; que subestiman e ignoran las realidades y las advertencias que obligarían a una conducta más racional y ecuánime. De allí el desconcierto permanente que producen muchos acontecimientos de la historia y de la política, y que sin importan la época y las circunstancias, siempre tienden a estar presente en la conducta de estos «gobernantes sin sabiduría» y sin utilidad para sus pueblos. Al contrario, son fuente de profundos males y grandes desdichas que se prolongan en el tiempo.

¿El Estado como obra de arte?

Durante mucho tiempo se creía en esta idea como una estética del Estado, y fue repetida por hombres sabios, enamorados del mundo clásico y renacentista, como Jacobo Burckhardt.

La explicación quizás es que, sin lugar a dudas, organizar el Estado, es decir, crear un orden jurídico y político eficiente, representaba un gran avance frente a las etapas de barbarie y anarquía que la humanidad había vivido. En los albores de la modernidad, un Estado organizado y poderoso representaba un avance civilizatorio innegable, pero a la altura del siglo xx el propio Estado se convierte en deshumanizante y opresor, y llega a representar otro tipo de barbarie, como lo fue el ogro filantrópico de Hobbes y el absurdo que Kafka muy bien representó en su literatura.

De allí la propuesta utópico-ácrata de Marx, de establecer como fin de la historia la desaparición del Estado o, como lo expresara Jorge Luis Borges, «Algún día los seres humanos deberíamos merecer no tener gobiernos». La sociedad ácrata o anarquista propugna el autogobierno con el uso consciente de nuestra libertad responsable, y la sociedad comunista terminaría siendo la culminación de la historia a partir de la liberación de todas nuestras necesidades y, en consecuencia, de la fundación de un mundo de iguales y libres.

Cada sociedad tiene el Estado que se merece y, lógicamente, el correspondiente gobierno. En Venezuela, el Estado petrolero, no importa quién gobierne, siempre ha sido el mismo: hipertrofiado, ineficiente y altamente corrupto. Para limitarnos al siglo xx, y al Estado petrolero, con Juan Vicente Gómez tuvimos un Estado autocrático y tiránico que posibilitó una estructura nacional por primera vez en nuestra historia. En la misma línea puede ubicarse a López Contreras, Medina Angarita y Pérez Jiménez, y al actual gobierno.

En la república civil, entre 1961 y 1998, el Estado y los diversos gobiernos intentaron desarrollar propuestas de modernización y democratización de nuestra sociedad; intentos lamentablemente insuficientes que terminaron naufragando en las mismas características perversas del Estado rentista petrolero: hipertrofiado y con el consiguiente populismo clientelar; ineficiente y definitivamente corrupto aunque no en la proporción escandalosa de los últimos años.

5 de Julio de 1811

Venezuela se declara independiente el 5 de Julio de 1811. Nace allí. Hay una continuidad histórica que no puede ser ignorada, una evolución social y cultural milenaria.

Existe una protohistoria indígena anterior a 1492, insuficientemente estudiada y frecuentemente manipulada política e ideológicamente. Para empezar no eran aborígenes, ni se llamaban «indios». Hace miles de años habían venido de Asia y el Pacífico y no tenían nada que ver con la India.

Después vinieron los europeos, en el siglo xv y xvi, como conquistadores y colonizadores, con la codicia y la violencia del caso, incluida la inhumana esclavitud africana. Este complejo mundo antropológico y racial, era diferenciado y hostil. Entre ellos había muchas lenguas, creencias y costumbres. Para el siglo xviii ya se ha consolidado una sociedad colonial, sincrética, múltiple y diversa, con una lengua, una religión e instituciones dominantes de origen ibérico, el español o castellano, y el cristianismo, en su doble vertiente, católica al sur y protestan al norte. Las instituciones dominantes, en lo jurídico y en lo político, eran absolutamente de origen hispano y europeo. De allí venimos.

El 5 de Julio de 1811 tenía Venezuela aproximadamente 800 mil habitantes, 50 mil avecindados en Caracas. «La cuarta parte son blancos, la mitad pardos, hay 64 mil esclavos y 12 mil españoles, canarios en su mayoría, el resto, indios aun poco integrados» (Luis Mariñes Otero).

En Caracas había varios millares de esclavos, 4 marqueses, 3 condes y una burguesía comercial estructurada desde la época de la compañía Guipuzcoana. Europeísta y moderna, de allí salen Simón Bolívar y demás próceres. Por algo la independencia cuaja en el seno de una «Sociedad Patriótica de Agricultura y Economía» que se constituye el 14 de agosto de 1810, y como consecuencia directa de los acontecimientos del 19 de abril de ese año, con el nombre de Sociedad Patriótica. De allí que podemos afirmar que la Independencia es un proyecto liberal-mantuano con una fuerte impronta e influencia de los procesos políticos de Inglaterra, Estados Unidos y Francia.

El 11 de Julio de 1810 se convocó un proceso electoral provincial, durante el cual solo votaban los hombres mayores de edad y propietarios; es decir, la mayoría de los «blancos»; evidente minoría social, pero económicamente dominante. Se elegía un diputado por cada 500 votantes de los descritos anteriormente.

Se eligieron 42 diputados en representación de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona Mérida y Trujillo, y se autoexcluyeron Coro, Maracaibo y Guayana. Este Congreso electo se reunió el 2 de Mayo de 1811 en la casa del Conde San Javier y, posteriormente, en el convento de San Francisco. De aquí salió el 5 de Julio y la Independencia.

Los hechos por delante. Lo demás es interpretación, manipulación o cuento.

Las estructuras del poder

El poder siempre tiene nombre y apellido. En Venezuela, en algún momento se ha llegado a pensar que lo ejerce un anciano enfermo de 84 años, desde la Habana, a través de otro hombre enfermo de 56, presidente de Venezuela, y cuya enfermedad ha desatado una ola de especulaciones desde los que piensan en una gravedad, o en una simulación aprovechada políticamente.

En la era de las comunicaciones, las imágenes y fotografías son excelentes medios para entender y analizar situaciones políticas complejas y dinámicas. En la alocución presidencial del 30 de junio, desde La Habana, donde el presidente anuncia su propia enfermedad, llama la atención el hecho de ser un mensaje leído por una persona delgada y sin la omnipotencia y arrogancia de otros tiempos (algunos maliciosos han llegado a pensar en un doble), para lograr el efecto del regreso triunfal en la madrugada del 4 de julio y su aparición pública el 5 de julio como una especie de «resurrección» milagrosa, y potenciar la imagen del héroe invencible que, como Bolívar en su momento, llegó a retar a la propia naturaleza con su conocida frase: «si la naturaleza se opone…».

En la coyuntura, los hombres y mujeres del presidente empiezan a manifestarse, satelizados con respecto al héroe. El primer círculo, reunido con él en Cuba, son «los hombres del presidente», los incondicionales: el general Silva Rangel, Adam Chávez, Nicolás Maduro y Elías Jaua. En Caracas, se «retratan» los segundones y los infaltables, otros poderes que se identifican como sus poderes y juran lealtad eterna al gran líder.

La salud de Hugo Chávez Frías es algo personal y privado, y merece el respeto y el apoyo de sus familiares y allegados. Para Venezuela, sin distingo de ningún tipo, es un asunto político y de Estado y, por consiguiente, no puede tolerarse que el poder se ejerza fuera de la Constitución; es decir, desde un país extranjero y sin el reporte médico oficial que establezca la verdad de la situación de la salud del presidente, ya que éste también es un asunto político y público, y tiene que ser asumido con la responsabilidad del caso. De no hacerse así, se estaría configurando un vacío de poder inconveniente desde todo punto de vista. Quizá esta percepción de la situación fue lo que obligó al presidente a regresar intempestivamente al país, y también por el hecho cierto de que los movimientos más preocupantes de orden político venían dándose en el propio chavismo, por aquello de la sucesión y la herencia política.

República federal y Estado democrático

En estos conceptos se resume el programa político-constitucional de la modernidad. Los ideales de una sociedad que aspira al autogobierno y al buen gobierno, promoviendo principios y valores, y bienestar para todos.

Progreso y felicidad son las dos palabras emblemáticas de esta filosofía política. Esta fe laica se cultiva tanto en la tradición occidental como oriental, y el gobernante sabio pasó a ser una aspiración colectiva. Visión utópica e idealista del gobierno y la política que, de alguna manera, era la proyección fáctica del paraíso perdido.

En Grecia fue Solón quien mejor encarnó este ideal, y en menor medida Pericles. En China fue Confucio, con sus principios de equilibrio y sentido común. En ambas tradiciones se cultiva el desiderátum del rey filósofo o gobernante sabio, a pesar de que la realidad proveía, y sigue produciendo, en abundancia, gobernantes y gobiernos torpes y limitados, y, en algunos casos, francamente estúpidos o irracionales hasta la locura. Los ejemplos sobran.

A partir del siglo xvii, en ciertas sociedades europeas empieza a desarrollarse la idea de una Monarquía Constitucional, en la que el poder del Rey se subordina a la ley, y el gobierno se constituye a través de la representación parlamentaria como expresión de la opinión pública. Este proceso se evidencia, de manera definida, en el llamado «Movimiento de los iguales», de 1666, en Inglaterra, liderizado por O. Cromwell; en la Revolución Norteamericana, de 1779; y en la Revolución Francesa, de 1789. Historias conocidas y canonizadas en la historiografía de la humanidad.

Los siglos xix y xx, en términos políticos, no fueron otra cosa que la proyección y desarrollo de estos procesos en el mundo y de allí surgen los afanes y las violencias que han caracterizado el desarrollo del Estado moderno y democrático en cada país.

Donde mejor se ha expresado la idea del autogobierno ha sido en el concepto de Estado federal, en la descentralización y municipalización del poder y del gobierno, ya que así se cumple, de manera suficiente, el ideal de la cercanía del gobierno al gobernado, y del control de éste sobre el gobierno en función de los intereses generales y del bien común.

En Venezuela, estas aspiraciones y expectativas fueron recogidas y expresadas en nuestra primera Constitución, en 1811, y 200 años después seguimos sin asumirlas y desarrollarlas plenamente. Tanto en el proyecto emancipador como en el proyecto liberal, y en el llamado proyecto socialista, la constante ha sido la centralización y la concentración del poder.

Seguimos muy lejos del gobernante sabio y del buen gobierno.

Entre la ira y la indignación

El año 2011 ha sido pródigo en acontecimientos de consecuencias históricas importantes, en especial los sucesos del Norte de África y el Medio Oriente que han sacudido en profundidad todas las estructuras políticas dominantes.

En algunos países europeos, y particularmente en España, el llamado «Movimiento de los indignados» —cuyo caldo de cultivo es la crisis económica y el desempleo masivo— ha planteado una crítica a fondo de los sistemas políticos dominantes. Hasta en la aparentemente inmóvil China, hay un mar de fondo que se viene manifestando esporádicamente en protestas diversas, silenciadas por el régimen comunista; y aquí mismo, en el Caribe, hay un proceso silente, en Cuba, que —no tenemos la menor duda— va a significar cambios importantes en el sistema político de la isla.

La historia siempre se mueve. Es como el río de Heráclito, cuyas aguas siempre fluyen. Hay épocas más agitadas y tiempos más tranquilos, pero ninguna generación escapa a las «crisis», concepto genérico y neutral para significar hechos y acontecimientos difíciles o problemáticos, y usualmente con una fuerte carga de violencia. Los seres humanos, movidos por el interés o el temor, pueden ser avasallados y hasta humillados, pero siempre llega el tiempo de la rebeldía y la revuelta. Y es que la dignidad y la libertad son intrínsecas y constitutivas de la condición humana.

No hay gobierno eterno y el control social y político nunca es absoluto. Es fundamental conocer la naturaleza de la dictadura para oponérsele y vencerla, tanto en el plano político como ideológico y psicológico. Descubierta su naturaleza, las tiranías caen y la opresión desaparece.

En Venezuela, el proceso de liberación es inevitable. Lo único que no sabemos es el cuándo y el cómo, pero no tenemos la menor duda sobre la inviabilidad del actual proyecto político, y la inevitabilidad de la recuperación democrática del país.

«Una clase media atemorizada y una clase pobre sobornada», aunado a un juego de intereses que ha permeado prácticamente todas las estructuras sociales, y particularmente a los llamados sectores económicos, tanto del gobierno como de la oposición, que le ha permitido al régimen un control social y político suficiente para creerse eterno.

Juan Vicente Gómez lo utilizó en abundancia: «miedo y corrupción». Pero igualmente su tiranía terminó naufragando en las aguas democráticas de una sociedad que no estaba dispuesta a renunciar, ni a la democracia ni al progreso.

 

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